« Diciembre 2008 | Principal | Marzo 2009 »
Enero 26, 2009
Comer, una relación de cuidado
Como bien sabemos, el exceso de peso en los niños, adolescentes y adultos es un problema que se ha venido agudizando en nuestro país de manera importante en los últimos tiempos.Este fenómeno tiene sus raíces tanto en causas psicológicas como biológicas. En general, todos aquellos que comen en demasía no lo hacen sólo para alimentarse: calman su frustración, ansiedad o aburrimiento mediante el acto de comer.
Sin embargo, la manera de relacionarse con el alimento se aprende en los primeros meses de vida, desde que se es muy chiquito.
Por ejemplo si una mamá le da leche a la guagua cada vez que llora, pensando que tiene hambre, en vez de primero investigar que le ocurre, le enseña que la comida no es sólo para nutrirse, sino que cumple muy variadas funciones como sería la de ansiolítico, es decir, amamantando puede calmar cualquier angustia o incomodidad. Así, una guagua que llora porque no se puede quedar dormida, tiene un flatito, el pañal está mal puesto, su posición es incómoda, le molesta el sol que llega a su cuna, entiende que la comida será la solución.
Es fundamental comprender antes de proceder. Lo mismo ocurre con un niño, un adolescente y un adulto; el tema es identificar tanto en nuestros hijos como en nosotros mismos qué nos lleva a comer, si lo hacemos por hambre o por otra razón. El poder tomar contacto con el cuerpo es fundamental, ¿estoy satisfecho(a), necesito más?
Revisando este tema me encontré con un nuevo libro chileno “Sin rollos, lo que la mente le hace al cuerpo y viceversa” de la sicóloga Viviana Assadi y la periodista Sofía Beuchat. En éste se relatan distintas historias y se explica psicológicamente que lleva, especialmente a las mujeres, a tener serias dificultades en la relación con su cuerpo, su peso y la identidad femenina.
De manera muy entretenida y amena narran una serie de casos que permiten la identificación con el personaje y la posibilidad de aprender tanto para uno misma como para enseñarles a los hijos.
Afortunadamente el libro no da recetas mágicas, ni soluciones dietéticas; entrega herramientas, ejemplos, lleva a pensar y permite comprender cómo los trastornos alimentarios son el efecto de una perturbada relación entre el comer, el cuerpo y la mente, que nace en la infancia.
En el capitulo destinado a los hijos las autoras dicen: “…Se necesita una madre que le diga a su hijo: ¿Realmente tienes hambre? ¿O quieres la galleta solo para jugar? Se necesita un padre que diga: ¿Estás aburrido? ¿Por qué mejor no vamos a jugar a la pelota, en vez de ver tele y comer? Se necesita, también que los padres puedan decir la palabra ‘no’.”
El libro puede ser de gran ayuda, para obtener conocimiento de las causas internas que nos llevan a confundirnos en torno al comer ¿por qué a veces nos cuesta sentirnos flacas y atractivas? ¿Qué trasmitimos a nuestros hijos acerca del cuerpo y la alimentación?, ¿Cómo generar un hogar que pueda poner límites cuando los niños comen en exceso?
Por Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.
Posteado por PuntoMujer el 11:27 AM | Comentarios (5)
Enero 06, 2009
De la niñez a la adolescencia
El tránsito de la niñez al comienzo de la adolescencia es un proceso de crecimiento necesario para el desarrollo humano, sin embargo, éste puede generar mucho estrés e incertidumbre al interior de la familia. Está marcado por la aparición de cambios físicos, que dan comienzo a la pubertad. Las alteraciones corporales y hormonales son el inicio de posteriores transformaciones, afectivas, cognitivas y sociales que sufre el adolescente. El púber inicia el rol más importante del adolescente: ser buscador de la propia identidad, trabajo que implica crisis y desequilibrio.Desde la experiencia clínica, es frecuente escuchar que los padres consultan bastante angustiados porque observan diversos cambios en el comportamiento de sus hijos o hijas entre 11 y 12 años aproximadamente. “Ha comenzado a aislarse, está con mucha rabia, de mal genio, se encierra en su pieza y no habla. Su rendimiento escolar ha bajado. No se deja acariciar, nos rechaza con brusquedad cuando nos acercamos. No cuenta sus cosas y responde con monosílabos”, dicen.
Los púberes no saben qué les pasa, su mente se ha puesto en blanco. Aparecen nuevas sensaciones corporales, nuevas vivencias y fantasías. Se sienten llenos de ambivalencia: curiosidad y placer y, a la vez, susto, extrañeza y culpa. Los impulsos sexuales y agresivos invaden su cuerpo y psiquis.
El púber comienza a mirar a los padres en forma diferente: los crítica, desafía y descalifica para autoafirmarse; los padres ya no son figuras idealizadas y omnipotentes. El duelo respecto de los padres de la infancia, implica a la larga, una visión más realista de los progenitores. Es un trabajo psíquico importante para el logro de la propia identidad.
Los padres del adolescente deben prepararse para la metamorfosis del hijo, ser capaz de contener la agresión y comprender la necesidad que tiene este de derrocarlo.
Ahora bien, el adolescente, necesita saber que los padres podrán tolerar su agresión, estando allí, empatizando con lo que significa esta crisis. A los púberes les calma la presencia y la puesta de límites y normas de los padres, aunque defensivamente se muestren indiferentes. Es necesario acompañar en forma cautelosa y cariñosa; aquí el manejo de la distancia es fundamental: “ni muy cerca ni muy lejos.”
Considero importante tomar en cuenta que tanto los hijos como los padres están viviendo un duelo, se requiere doble empatía: mirar el proceso de los hijos y hacerse cargo de las posibles rabias, angustias y desconcierto que puede generar esta nueva manera de relacionarse que propone el hijo. Como adulto es fundamental observar estas emociones para no actuar impulsivamente, la tentación humana a agredir de vuelta debe ser pensada por la parte más madura de la personalidad de los progenitores. Para el adolescente es esencial contar con padres pensantes, con buen manejo de sus propios impulsos.
Por Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.
Posteado por PuntoMujer el 09:28 AM | Comentarios (16)
Enero 05, 2009
Navidad, Año Nuevo e hijos de padres separados
Una paciente de catorce años me comentó hace algunos días: “Estoy preocupada, no sé como serán estas fiestas. Ojala que mis papás se repartan entre ellos los días importantes, es decir, la Pascua y el Año Nuevo para no sentirme tan tironeada. Igual me preocupa como va quedar el otro con el que no voy a estar, especialmente mi papá porque lo veo como más complicado con el tema”.Posibilitarse algo bueno: Evidentemente es muy doloroso pasar la Navidad y el Año Nuevo con la mamá si el papá queda muy mal y no logra encontrar alternativas para estar bien y posibilitarse algo bueno. Si es así, al niño o al adolescente se le genera un conflicto de lealtades que le complica el disfrute de la celebración y la relación del día a día con sus padres.
Aunque puede ser muy difícil para una mamá o un papá separarse de su hijo para la Navidad o el Año Nuevo es importante intentar asumir la pena lo mejor posible por el bien de los hijos y de si mismo, lo que implica hacerse cargo de la frustración y dolor y por ejemplo, buscar acompañarse con otros familiares o amigos.
Este año tú, el otro yo: Es importante coordinarse para pactar en qué fechas le corresponderá a cada padre pasar con su hijo. Es fundamental que haya un equilibrio e ir alternando el orden, por ejemplo: este año tú el 24, yo el 25 y yo el Año Nuevo y después al revés.
Este debe ser un problema resuelto sólo por los padres. No es recomendable hacer participar a los hijos en este tipo de decisiones, para no hacerlos elegir entre su mamá y su papá. Ojala se pueda llegar a un acuerdo que perdure en el tiempo, siempre pensando en los hijos, ya que el hecho de saber con antelación permite disminuir la sensación de incertidumbre y angustia tanto en los hijos como en los padres.
Así, el niño y /o el adolescente podrá disfrutar un año la Navidad con su mamá y el día siguiente con su papá, porque es muy importante darle al hijo la oportunidad de compartir con ambos, porque esta fecha en la mayoría de las familias chilenas resulta muy significativa.
Cuando los padres tienen otra pareja: Es necesario detenerse y ver con la mayor claridad posible, que es lo mejor para todos considerando lo delicado que resulta, especialmente para los hijos el hecho de que sus papás no estén juntos, obviamente dependiendo del tiempo que ha transcurrido desde la separación, la inserción de la nueva pareja y el tipo de relación que se ha establecido con ella.
Es preciso ser delicado y no pasar las fiestas con los hijos y la nueva pareja, a no ser que ésta lleve un buen tiempo de relación con ellos y manifiesten el deseo de compartir estos momentos con ella. Para los hijos, que el padre o la madre tenga otra pareja supone perder toda la esperanza de que los padres vuelvan a estar juntos. Incluso podrían culpar a la nueva pareja de que la reconciliación no se produzca. La situación se convierte en armónica para todos, siempre que no piensen que por querer a esta persona están siendo desleales con su padre o su madre y esto es un trabajo que toma tiempo, y no se resuelve por ser navidad.
Para el adulto puede resultar muy difícil ceder o aceptar pasar fechas emotivas separados de los hijos, o sin su nueva pareja, pero es importante considerar que la estabilidad afectiva de los hijos es lo fundamental, situación que implica la capacidad de postergación. Si se decide ponderando adecuadamente por el bien de todos, a la larga este será el mejor regalo de navidad que un niño y/o un adolescente puede recibir.
Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.
Posteado por PuntoMujer el 10:11 AM | Comentarios (26)
