Emol.com Blog de Punto Mujer

Mayo 12, 2008

Los mitos que equivocan el camino

Cuando los padres se preguntan cómo lo harán para abordar el tema de la sexualidad con sus hijos, uno de los caminos que pueden seguir es traer a colación algunos de los mitos sobre la sexualidad que rondan a los jóvenes. A partir de ellos puede surgir una interesante y esclarecedora conversación.

Primer mito: "A mí no me va a ocurrir" o “la primera vez que se tienen relaciones, la mujer no se queda embarazada”.

A los adolescentes en general, les resulta trabajoso medir las consecuencias de sus actos. Simplemente, piensan que son capaces de controlar sus impulsos con más facilidad de lo pueden. Aquí, la empatía es fundamental, no se trata de un discurso crítico sino de entender, como a los adolescentes les cuesta tomar conciencia que son tan vulnerables a sus pulsiones, como cualquier otro ser humano.

Muchos adolescentes tienen esta fantasía y, a veces, aunque saben que no es así, tienen la ilusión de que para ellos será diferente. Por eso, es importante insistir en ir al ginecólogo al iniciar la vida sexual y generar una comunicación, en la que el hijo sienta la confianza para pedir esto a los padres.

Segundo mito: "Las relaciones sexuales son siempre gratificantes, cuando se dan con una persona a la cual se quiere".

Contrario a lo que los videos, las películas y los medios de comunicación muestran, la sexualidad creativa y gratificante no es instantánea. El amor no basta para hacer de la experiencia sexual una vivencia plena y enriquecedora. La sexualidad se aprende y necesita tiempo, serenidad, comprensión y amor, esto es fundamental de trasmitir a los hijos.

Muchas veces, en la adolescencia, las relaciones sexuales son esporádicas y no existe el grado de intimidad y tranquilidad necesarias. La experiencia sexual puede ser insatisfactoria al menos para uno de los dos y eso no significa que algo anda mal, es parte del proceso de irse conociendo.

Tercer mito: "Las relaciones sexuales hacen que aumente la comunicación que, exista más intimidad y se enriquezca la relación de pololeo".

La actividad sexual puede nutrir el pololeo, pero es fundamental tener en cuenta que se requieren ciertas condiciones previas para el inicio y desarrollo de la actividad sexual. La comunicación y el conocimiento mutuo son tan importantes como la sexualidad.

Cuarto mito: "Si me quieres tienes que tener relaciones sexuales conmigo".

Es fundamental reconocer en el hijo adolescente los deseos e impulsos sexuales como un aspecto valioso y natural de su desarrollo y mostrarle como la conocida "prueba de amor" que muchos piden de sus parejas puede tener múltiples respuestas:

"Si me quieres, para mí es importante que puedas respetar mis sentimientos y no me presiones a hacer algo para lo que aún no me siento preparado (a)".O "Tener relaciones sexuales no prueba que yo esté enamorado. La verdadera prueba puede ser postergarlas hasta que sea el momento adecuado".

Postergar los deseos, en general, en nuestra cultura hedonista de hoy es difícil. Estamos en una sociedad en la que los mensajes apelan a la gratificación sensorial y sensual a través del consumo. Se resalta lo rápido, lo nuevo, el cambio; lo lento se bota y lo estable se descarta. Domina lo resuelto, lo fácil, lo eficiente; se busca el goce y la inmediatez, en oposición con el esfuerzo y la gratificación del logro paso a paso.

Detenerse para mirar a otro, distinto, separado de mí, implica por un momento dirigir la mente, detenerse, parar y calzar zapatos ajenos, ya sea de un hijo, una pareja, requiere esfuerzo mental. Escuchar detenidamente a otro, sin inundar con lo propio, implica saber esperar, darse el espacio para sintonizar con ‘el’ alguien diferente, ajeno que a veces toma tiempo entender.

Quisiera graficar esto con un caso. Tuve un paciente -que llamaré José Manuel- al que le gusta una niña que venía recién saliendo de un pololeo; ella también le había manifestado sus deseos de estar con él, pero necesitaba tiempo. Él pudo esperar algunas semanas, pero después de una fiesta de matrimonio, cuando ella “no le dio la pasada”, decidió involucrarse sexualmente con otra mujer. Todo porque no pudo tolerar el esperar, la frustración.

Bueno, a esto me refiero con la dificultad de ver al otro y la necesidad de una gratificación inmediata.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 11:42 AM | Comentarios (0)

Abril 14, 2008

Hacia una madurez emocional

Se insiste mucho en mostrarles a los jóvenes el valor de desarrollarse intelectualmente para posteriormente tener avances profesionales. Pareciera que a los adultos les cuesta considerar la importancia que tiene, especialmente durante la adolescencia, el desarrollo armónico de la personalidad. Esto tiene que ver con la integración de lo cognitivo, afectivo, sexual y social como parte del proceso de la consolidación de la identidad, que influye de manera significativa en el desempeño profesional y en la calidad de vida del joven, futuro adulto integrante de nuestra sociedad.

Si se le quieren entregar las mejores herramientas a un hijo no se puede poner el énfasis sólo en lo intelectual. La adquisición de madurez emocional es fundamental en el desarrollo, esta dice relación con: la capacidad para manejar emociones conflictivas, la adaptación a la realidad y una combinación exitosa entre las distintas partes de la personalidad.

Ahora bien el oficio que demanda el desarrollo integral de los hijos toma tiempo. A ser padre y madre se aprende y dicho proceso como cualquier otro, requiere de un camino en el cual suceden errores, retrocesos y contradicciones. No sólo se aprende de las equivocaciones y la experiencia, también es posible recurrir a los libros, las consultas con especialistas y otros padres que han pasado por los mismos problemas.

El equilibrio para acompañar a nuestros adolescentes en sus maremotos internos, depende también de nuestro propio progreso emocional, de nuestra comprensión de la variedad de nuestros impulsos y sentimientos contradictorios y de nuestra capacidad de resolver estos conflictos internos. La integración también tiene el efecto de crear tolerancia, comprensión y simpatía hacia nuestros impulsos y, por lo tanto, hacia los defectos ajenos y las dificultades de los otros, en este caso nuestros hijos y los de los demás. Esto lo que se logra poco a poco y es un trabajo para toda la vida.

El terremoto al que nos someten los adolescentes constituye una fuerte prueba para medir nuestro equilibrio interno, ya que estos personajes nos hacen tambalear.

La capacidad de resolver conflictos se desarrolla a lo largo de la adolescencia y la adultez y es la base de la salud mental. Por consiguiente, la salud mental no es tan sólo un producto de la personalidad madura, sino que en cierto modo, se aplica a cada momento del desarrollo del individuo.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 03:25 PM | Comentarios (3)

Marzo 24, 2008

Los peligros de Internet

Me gustaría ilustrar la siguiente escena: Gonzalo, está con música fuerte en la pieza. El papá golpea la puerta una vez.

Papá: Gonzalo, teléfono. Gonzalo, no contesta……..

Papá: Gonzalo ¿no escuchaste?, teléfono.

Gonzalo: …………..ya va, papá.

Papá: Gonzalo ¿te pasa algo?, te llaman por teléfono.

Gonzalo: ………… ya voy.

El papá se preocupa y abre la puerta. Al entrar observa y se sorprende de ver como su hijo está como atontado, casi inmovilizado viendo una escena sexual de un hombre con dos mujeres. Gonzalo tiene una excitación evidente que no le permite pararse para ir a atender el teléfono.

Papá: ¿qué estás haciendo? ¿metido en Internet en vez de estudiar? Ahora mismo saco Internet de esta casa (en tono exaltado).

Esto les puede pasar a muchos padres de adolescentes que saben que las nuevas tecnologías cibernéticas pueden ser una puerta abierta por la que sus hijos pueden acceder a informaciones útiles y valiosas, pero también a universos que no son los más recomendables para una persona que se encuentra muy vulnerable y que está plena en formación de su identidad. Ahora bien la solución del ejemplo resulta muy abrupta e impulsiva pues ésta no pasa por poner a la web como el enemigo y borrarlo del mapa.

Hoy cada vez más, veo en la consulta como el espacio virtual puede constituirse en una herramienta adictiva, lo que no siempre es correctamente dimensionado ni por los padres ni por los adolescentes. El peligro de Internet es cómo brinda la posibilidad tan fácil y rápida de ser otro con sólo desearlo.

La pornografía constituye una forma de sustituir la sexualidad incipiente y real con un otro con el que me siento expuesto y vulnerable, por una experiencia aparentemente menos riesgosa que me permite ser un observador “privilegiado” Tomar imaginariamente el lugar del hombre experimentado y audaz con las fantasías omnipotente de que eso es lo que las mujeres quieren y valoran.

Ahora bien, no se trata de estigmatizar ni juzgar precipitadamente a los adolescentes y a los jóvenes que utilizan el espacio cibernético, el tema es ver para qué lo utilizan y cuánto tiempo.

Es necesario conocer -en conjunto con los adolescentes-, el uso de las nuevas tecnologías para evitar un mayor distanciamiento generacional. Establecer un canal de diálogo con ellos para tratar de comprender su forma de comunicación con sus pares, pero advertir a los hijos sobre el riesgo de exponerse en Internet y a través de otros medios.

Es importante limitar el tiempo de uso de la computadora, enfrentar a los adolescentes a situaciones reales, fomentar que se junten con amigos y /o realicen actividades con otros para evitar que la pantalla supla la vida real.

El desafío es transmitir a los hijos la aventura que implica ir conociendo poco a los demás y a uno mismo de manera vulnerable y honesta, con todas las herramientas que hoy disponemos. Si tengo relaciones sexuales por Internet me estoy perdiendo la tremenda posibilidad de aprender y crecer de la interacción con otro, mutilo mis posibilidades.

Por Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 01:34 PM | Comentarios (3)

Marzo 10, 2008

Comunicación afectiva y sexual

Como he mencionado en otras columnas, los niños desde el día que nacen asimilan concepciones e ideas sobre la sexualidad, aspecto fundamental de la identidad humana. El hogar, inicialmente, es el lugar más significativo para experimentar sobre este tema, entonces, es necesario brindar confianza desde el inicio para que los niños, posteriores adolescentes, tengan libertad para ir explorando y conociendo acerca de si mismos con seguridad para hacer las preguntas necesarias en el futuro.

A forma de guía relataré sintéticamente las distintas temáticas acerca de la sexualidad según la edad.

Cero a los dos años: El tono de voz en que les hablamos a ellos y a sus cuerpos, la forma en que los tocamos sus distintas partes como los lavamos, y cambiamos pañales, va conformando la comunicación acerca de la sexualidad. Es normal que como parte de irse descubriendo y conociendo los menores de dos años exploren las distintas partes de sus cuerpos entre ellos los genitales.

Si como adultos nos asustamos o reprendemos por esta curiosidad, ya estamos dando un mensaje que implica que lo ligado al cuerpo y la sexualidad es algo malo.

Tres a cinco años: En esta etapa los niños ya logran identificar que los hombres y las mujeres tenemos distintos órganos sexuales. Siempre es muy necesario decir las cosas por su nombre, todas las partes del cuerpo tiene un nombre específico así como hablamos de las piernas, los codos, las manos, también es lógico hablar de pene, vagina, senos.

En esta etapa también surgen las dudas y preguntas acerca de donde venimos. Los niños pequeños tienen curiosidad sobre los cuerpos de sus padres y de otros niños. Pueden jugar al “doctor” para mirarse los órganos sexuales. Esta es una forma muy común que utilizan los niños para averiguar sobre las diferencias de sexos y explorar sobre su sexualidad.

Muchos niños tocan sus órganos sexuales para sentir placer. La masturbación es muy común durante esta etapa. Es importante no reprimir esta acción y tomarlo como algo natural, pero enseñarles que se debe hacer en privado.

De cinco a siete años: En este período los niños están empezando a descubrir su propia feminidad o masculinidad, puede ser que sólo quieran estar con personas de su mismo sexo. Por eso es muy común que digan que odian a los niños del sexo opuesto.

Durante el comienzo de la educación básica y por el mayor acceso a los medios de comunicación comienzan a introducirse temas como el SIDA, la violación, y el abuso de niños. Es necesario irles explicando en la medida que van preguntando.

Los pre-adolescentes, aproximadamente entre, ocho a doce años: Aquí es necesario conversar sobre la menstruación, las poluciones nocturnas y otros dudas o curiosidades que traigan los púberes. Los pre-adolescentes se preocupan mucho si son “normales.” Los varones por el tamaño de su pene, las niñas por volumen de sus senos. Es frecuente que se miren y toquen sus órganos sexuales. Esto lo hacen con amigos de los dos sexos. Esta clase de juego sexual no hace que un niño(a) sea homosexual o heterosexual es parte del proceso de desarrollo.

La mayoría de los niños de 12 años ya están listos para saber acerca del sexo y la reproducción. Necesitan informarse sobre las relaciones sexuales y sociales, saber acerca de las infecciones transmitidas sexualmente, los métodos anticonceptivos, y las consecuencias del embarazo durante la adolescencia y como todo esto puede traer importantes consecuencias para su futuro.

Espero esto pueda orientar acerca de las distintas necesidades según cada etapa, sin embargo, es fundamental: siempre estar muy alerta a lo que cada hijo va requiriendo en ese momento, ésta es, sencillamente, una guía que no sustituyen ir construyendo la relación y comunicación de manera constante y contactada con los hijos.

Por Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 02:21 PM | Comentarios (5)

Febrero 15, 2008

Qué pasaría si el niño "con problemas" fuera su hijo

"La Maida almorzó hoy con la niñita con problemas... qué amorosa es". "Me contaron que a Pepito, el niño ese que habla mal, no lo invitaron al cumpleaños al que fue todo el curso... eso es culpa de los papás, no deberían haber dejado que eso ocurriera".

"En este colegio hay inclusión, pero no integración. La verdad, no sé para qué los dejan entrar, si nadie los pesca. Ni los profes, que dicen que no están preparados para educarlos". "Me dolió irla a buscar. Verlos a todos jugando y ella solita".

La tendencia natural de la mayoría de los niños en estado "no educado" es marginar a aquellos con discapacidad. Estudios chilenos y extranjeros muestran que las víctimas de violencia escolar son prioritariamente niños con handicaps físicos o intelectuales.

Como sociedad, hemos evolucionado en el tema de la integración. Hoy en Chile tenemos cobertura total en básica y casi total en media; hay políticas de retención y de integración. El Estado entrega financiamiento y contrata profesionales ad hoc para colegios con estudiantes con necesidades educativas especiales.

Sin embargo, integrar realmente pasa primero por una educación familiar y luego escolar: formar en el valor del pluralismo, de lo comunitario y del cuidado de los más débiles. Explicar la necesidad -para bien de todos- de apoyar a aquellos a los que el éxito no se les da fácil.

Explicar la conveniencia de ser diversos, porque nos hacemos más creativos. Una estrategia educativa es concebir el curso como una comunidad en la que todos se ayudan a aprender y a generar un buen trato. Tomar a cada compañero como si fuera su hijo; también al "diferente".

"Yo no entiendo cómo algunos niños pueden ser tan crueles con otros niños", me comentaba una niñita. "Es que no han tenido papás que les enseñen ni un hermano con dificultades, como tú lo tienes", le expliqué. "Qué mala suerte, pobres", reflexionó.

Isidora Mena

Posteado por PuntoMujer el 10:11 AM | Comentarios (9)

Enero 22, 2008

Capacidad para conocer y esperar

Estamos en una sociedad en la que los mensajes apelan a la gratificación sensorial y sensual a través del consumo. Se resalta lo brillante, lo rápido, lo nuevo, el cambio. Lo lento se bota y lo estable se descarta. Domina lo resuelto, lo fácil, lo eficiente. Se busca el goce y la inmediatez, en oposición con el esfuerzo y la gratificación del logro paso a paso.

Existe una tremenda exigencia de triunfo permanente, los avances tecnológicos permiten que uno, sin moverse de su casa, pueda comunicarse con personas del otro lado del mundo, lo que implica un enorme avance en velocidad de la comunicación por un lado, pero un cambio importante en cuánto nos enteramos y sabemos del otro.

Detenerse para mirar a otro, distinto, separado de mí, implica por un momento dirigir la mente, detenerse, parar. Calzar zapatos ajenos, ya sea de un hijo, una pareja, un colega requiere esfuerzo mental. Escuchar detenidamente a otro sin inundar con lo propio, implica saber esperar, darse el espacio para sintonizar con ‘el’ alguien diferente, distinto de mí. La tendencia automática es casi no escuchar y suponer lo que el otro siente y piensa, pasando por alto los aspectos ajenos del interlocutor.

Queremos tener las respuestas a la mano para no hacernos cargo de lo que implica no saber, la falta de certeza nos angustia. Desconocer y desde allí ir construyendo una respuesta con propiedad y sustancia requiere la confianza interna: de a poco el puzzle se arma.

Conocer y saber de otro y de nosotros mismos toma tiempo, a veces queremos crecer y llegar al final de la escalera sin darnos el espacio y tiempo de realizar el proceso que implica subir escalón por escalón.

Subir muy rápido puede ser peligroso, se necesita paciencia para llegar ahí donde creemos que queremos estar. Detenerse en un escalón a reflexionar y pensar puede ser una importante inversión, pero estamos tan apurados que se nos olvida disfrutar el transitar de una etapa a otra.

Ir re-conociendo y re-elaborando lo que queremos, en estos tiempos tan apurados, es una lucha contra la corriente de una sociedad que nos empuja a hacer y hacer sin detenernos reflexionar.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 02:40 PM | Comentarios (4)

Enero 15, 2008

Las razones para tener pocos hijos

Tal vez esperan escuchar de un abogado un análisis jurídico del problema. Pues bien, siendo que me dedico a la filosofía del derecho, comprendiendo el derecho como una parte de la moral que rige las relaciones entre personas en sociedad según la virtud de la justicia, pretendo más bien realizar un sencillo análisis ético. Y ya que hablaré de ética, conviene advertir que mi discurso será “políticamente incorrecto”: hablaré de cosas para algunos desconocidas, para otros sabidas, aceptadas y aplicadas; para otros sabidas, rechazadas y jamás cumplidas. Como sea, surgirá incomodidad. Con todo, ya que apenas soy conocido en mi casa, no tengo fama alguna que cuidar así que bien puedo asumir el riesgo.

Sobre esto, algunos supuestos para la debida honestidad intelectual: asumo que existe una sola y única moral objetiva, que el hombre la puede alcanzar con el uso de su razón natural; por lo mismo, que no es necesaria la fe para acceder a ella; lo más importante, que el actuar conforme a esta moral es, por lejos, la mejor decisión que pueda tomarse: no solo es la más racional, sino la que conduce a la mayor perfección y plenitud.

Se me ha pedido hablar sobre las causas de la baja en la natalidad. Son muchas, de distintos géneros. Conforme a mi dedicación profesional, la alternativa coherente sería analizar las “cuatro causas” del fenómeno: su causa material, formal, eficiente y final. Siendo tan breve el tiempo, optaré por la causa final: el motivo que mueve el obrar.

La razón es simple: la baja en la natalidad no es un fenómeno abstracto o virtual, tampoco un ente de razón o simple idea. Es un efecto concreto de decisiones humanas verificadas en una sociedad. Tratándose del resultado de actos humanos, me interesa analizar brevemente cuál es el fin que mueve a la voluntad para producir este resultado.

Para esto, y en vista de que el fenómeno es muy amplio, tomaré un marco de referencia que me permita acotar el análisis. Así, hablaré sobre el o los motivos por los cuales un matrimonio o pareja joven decide voluntariamente no tener hijos o tener muy pocos. Me parece que es un marco adecuado, sobre todo si coincide con la experiencia de mi generación: jóvenes de hasta 35 años, con máximo 10 años de matrimonio.

Vamos al desarrollo:

¿Cuáles son los motivos por los que parejas y matrimonios jóvenes optan por no tener o tener muy pocos hijos? Hay de todo, pero dejaré fuera los extremos: egoísmo sin medida, narcisismo, desinterés, tontera. Me referiré a los motivos que conozco de cerca. Los de personas con buena situación económica, profesionales, con trabajo estable, católicos practicantes. Respecto de ellos, solo puedo constatar buenos motivos y buenas intenciones: ser los mejores padres posibles, dar a los hijos lo mejor posible. No obstante, como pasa en todo acto humano, la buena intención no basta para que el acto también lo sea. Veo que se quiere ser padre responsable. Aquí llego al concepto clave: “paternidad responsable”.

¿Qué es la paternidad responsable? Algo MUY distinto de lo que se cree, se piensa y se vive. Se cree, piensa y vive la paternidad responsable como una falsa prudencia: así como se asocia esta virtud a una actitud fría, calculadora, incapaz de asumir desafíos y riesgos sean cuales sean las circunstancias; así también se encasilla la paternidad responsable en bien intencionados criterios materialistas y se la reduce a la ausencia de riesgos y complicaciones: mientras menos problemas, más posibilidades para, en algún momento, dar más y mejor.

Siguiendo esta premisa, es común escuchar frases como las siguientes: primero hay que estar bien uno para luego poder entregarse a otro; acabamos de empezar nuestra vida en común, necesitamos “afianzarnos como pareja” para dar a nuestros hijos la seguridad de nuestro amor; hace poco que encontramos trabajo, hay que afirmarse profesionalmente; para lo mismo, hay que estudiar fuera –sin estudios de postgrado no eres nadie-; la vida afuera es carísima, mejor esperar; todo esto para dar a nuestros hijos un buen pasar, una buena educación, una linda casa: seguridad material.

Nada de esto es per se contrario o incompatible con la paternidad responsable; pero nada ello, ni todo ello junto, constituye la verdadera paternidad responsable. Se ve una ansia de seguridad desmedida, aunque –insito- bien intencionada: la situación tiene que estar segura: matrimonial, profesional, laboral, incluso social. Con ese piso, vengan entonces los desafíos.

Pero, como bien decía C.S. Lewis, la vida nunca es normal y las circunstancias favorables jamás llegan. Si la prudencia tiene como base el reconocimiento honesto y objetivo de la realidad, salta a la vista que esta falsa prudencia y mal entendida PR tiene como antecedente una equivocada e ilusoria visión de la realidad, tanto interna como externa: interna, al no reconocer la radical diferencia entre generosidad y egoísmo solapado. Externa, al confundir los vaivenes propios de la contingencia con graves inconvenientes y, así, justificadas excusas.

Esta falsa apreciación de la realidad produce, tal vez no en el discurso pero sí en los hechos, una mentalidad cerrada a la vida. Podrá decirse que exagero, ya que igual existen nacimientos. Pero este resultado no es producto de una disposición permanente a recibir con generosidad y responsabilidad los hijos que Dios quiera donar.Y, en caso de que alguien se espante porque he nombrado a Dios, aclaro: siguiendo con la honestidad intelectual, asumo la existencia de Dios como una verdad demostrable por la razón natural, lo miso respecto del alma humana; así, también, respecto a la necesaria intervención divina en la creación de una nueva vida, siendo Dios el autor y los padres sus colaboradores como co-creadores, sin que por ello puedan reclamar ningún derecho a tener hijos.

Aquí está la diferencia radical: como ya he dicho, ninguno de los motivos señalados es per se malo y contrario a la paternidad responsable; lo son cuando impiden esta disposición permanente: la constante apertura a la vida.

No pretendo entrar al detalle sobre en qué consiste realmente la apertura a la vida. Ésta no se reduce a no separar jamás la doble finalidad –unitiva y procreativa- del acto sexual. Cierto que es eso, pero no solo eso: ante todo, consiste en la expresión natural del amor entre los esposos. Un simple argumento: el amor –verdadero- es un bien, y todo bien es perfectivo. Así, todo amor tiende de suyo a la trascendencia: comunicarse, compartirse. Hay muchas maneras de compartirlo, y ciertamente unas mejores que otras. Siguiendo a Aristóteles, es mejor aquello a lo cual una potencia tiende intrínsecamente que a lo que tiende extrínsecamente. Luego, si el acto sexual es el acto de mayor comunión entre los esposos, y este tiende de suyo a la generación de una nueva vida, será esta vida –el hijo- el reflejo trascendente y más propio del amor esponsal.

La generosidad es la clave: si bien es inseparable el amar a otro con el amarse a uno mismo, nadie duda de que el amor egoísta no es verdadero amor. Por eso es que la apertura a la vida, reflejo de generosidad permanente, no es otra cosa que signo de la calidad y perfección del amor, el “termómetro” de la calidad del amor. La apertura a la vida en las relaciones conyugales, explica Juan Pablo II, protege la autenticidad de la relación amorosa, salvándola del riesgo de descender al nivel de simple goce utilitario; garantiza la donación completa e irrestricta entre los cónyuges, cada uno con todo su ser, incluyendo su potencia generativa; por esto el amor, si es verdadero, tiende por su propia naturaleza a ser fecundo; el amor da vida en el acto de aprobar alegremente la existencia del otro; así también tiende a dar vida a otro cuya existencia se acepta siempre, permanentemente, sea que se materialice o no.

Y es que estar “abiertos a la vida” no significa necesariamente tener todos los hijos que lleguen. La paternidad responsable es la decisión en conciencia de los esposos de recibir un mayor número de hijos o, por serios motivos y respetando la moral natural, evitar un nuevo nacimiento por un tiempo o por un tiempo indefinido.

Pero tales razones no pueden ser banales. Deben existir "graves motivos" (HV, 10), o "razones justificadas" (CIC, 2368), que hagan aconsejable el retraso de un nuevo nacimiento. No es suficiente, por tanto, un superficial convencimiento subjetivo; los padres "deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad" (CIC, 2368). De ahí que "la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante un tiempo o por tiempo indefinido" (HV, 10).

Tener en cuenta estos factores hace que el juicio de los esposos sobre la decisión de transmitir la vida posea como notas fundamentales: a) ser el resultado de una deliberación ponderada y generosa; b) estar realizada personal y conjuntamente por ellos: esa decisión no se les puede imponer (tampoco uno de los esposos al otro); c) ser objetiva, es decir, no basta la sinceridad de la intención; e) ser guiada e informada por la conciencia rectamente formada, en una jerarquía de valores correcta: primero generosidad y justicia, no comodidad, materialismo, egoísmo, hedonismo y otros “ismos” por el estilo.

Dije en mi introducción que no existe mejor decisión que libremente seguir la ley moral natural; que conforme a ella se alcanza la mayor plenitud. Y los hijos confirman este razonamiento con una claridad irrefutable: los hijos llevan a los padres a superarse, porque para educar a un hijo hay que, primero, auto exigirse; los hijos unen y afianzan el matrimonio: los sacrificios a que obligan permiten formar hábitos de renuncia que permiten mayor donación entre los cónyuges; los hijos fortalecen la voluntad de hombre y mujer, ahora papá y mamá.

Y todo lo anterior es mayor cuanto mayor sea el número de hijos: la suma es cualitativa, no meramente cuantitativa. Cierto que el número no es, por sí sólo, el elemento que determina la generosidad de los esposos; bien puede ocurrir que en justicia y generosidad corresponda que la familia sea pequeña. Pero a la vez es claro que una de las manifestaciones de la generosidad de los esposos es una descendencia numerosa.

El Papa Pío XII decía de las familias numerosas: en los hogares donde hay siempre una cuna que se balancea florecen espontáneamente las virtudes... En una familia numerosa, en la crianza de los niños, casi naturalmente se incentivan virtudes como el respeto, generosidad, simpleza, orden, el ser sociables, el ser medidos y la responsabilidad. La familia es como una carreta en donde todos deben tirar y los hermanos mayores tienen ciertas obligaciones, como transmitir las normas y costumbres familiares y dar buenos ejemplos, orientar en distintas áreas a sus hermanos, en estudios, amistades tiempo libre y desde luego buenos consejos.

Pero subsiste el innegable problema económico. Pues bien, se olvida que, aún en la abundancia, la pobreza es una virtud; que dándole de más a un niño se le causa daño, no un bien. En las familias numerosas es casi imposible darles de más. Mantener a un hijo no es darle todo, es darle lo necesario para que viva dignamente, crezca sano, tenga acceso a la escolaridad y además, que reciban formación espiritual. No es cierto que se hace más feliz a un hijo al proporcionarle más juguetes que hermanos. Si Dios me da años, personalmente no quiero llegar a viejo y escuchar a mis hijos darme las gracias por las cosas que les compré...

Y sobre educación: es más difícil, porque 4 es más que 2. Las matemáticas son duras. Pero sabemos que el establecimiento educacional, por bueno que sea, cumple un rol subsidiario en la formación de la persona; y que toda la educación de calidad no es condición suficiente, ni menos causa eficiente, de felicidad y perfección personal. Si el ánimo de los padres es que sus hijos sean felices, se equivocan si apuestan todo, o casi todo, a una buena educación.

Y resta el prejuicio social: nada más contingente y variable, pero es innegable que hace fuerza en la inteligencia y voluntad de muchos. Pero los hechos notorios no necesitan argumentos: las familias numerosas suelen ser, salvadas las inevitables excepciones, por lejos las más alegres -aunque quizá dispongan de menos cosas materiales-; una casa con muchos hijos es centro de atracción de amigos y amigas que explícita o inconscientemente reconocen que ahí, simplemente, hay más vida, en todo sentido.

En síntesis, la familia numerosa es, sin duda, fuente de problemas y complicaciones. No puede ser de otro modo: quien más ama siempre está expuesto a sufrir más. Es ley de la vida; como tal, norma de plenitud.

Con esta idea voy concluyendo: son buenos y muy bien intencionados los motivos por los cuales mi generación no tiene o tiene muy pocos hijos, pero es grande y grave la ignorancia que subyace a esa voluntad. Por querer hacer un bien se privan de un bien muchísimo mayor; por ser generosos se vuelven egoístas; por cerrarse a la vida contradicen y muchas veces ahogan y matan su amor; por ser prudentes se transforman en pusilánimes –¡cuando la sociedad pide a gritos magnanimidad!-.

De ahí que lo políticamente correcto –no entendido como confirmación del lugar común, sino como aquello que la polis necesita porque el bien común lo reclama- pueda resumirse, a efectos de revertir la baja en la natalidad, en dos palabras: Generosidad y responsabilidad. Ambas son virtudes, no metros cuadrados, puestos de trabajo, viajes al extranjero, masters, doctorados ni saldos en cuentas corrientes. Y como virtudes, iluminadas y dirigidas por la prudencia, jamás se oponen: entre verdaderos bienes no cabe contradicción. Por ello, una responsabilidad materialista –por tanto mal entendida- más temprano que tarde anula la generosidad; ya no estamos frente a virtudes, sino frente a vicios. La paradoja no es nueva: “quien guarda su vida la pierde, quien la entrega la encuentra”. Esta es mi idea final: si eliminada la causa desaparece su efecto, es tiempo de volver a encender en mi generación, y en las que vienen, el ánimo por las cosas grandes, la generosidad responsable a través de la apertura a la vida y la formación de familias numerosas, verdaderas bendiciones de Dios.

Por Álvaro Ferrer del Valle, abogado y profesor UC.

Posteado por PuntoMujer el 10:00 AM | Comentarios (25)

Enero 14, 2008

Prevención para una sexualidad sana

La educación afectiva y sexual puede ser una oportunidad de conversar sobre los temas de interés de los adolescentes, una ventana para dialogar, no la sola entrega de información.

Los adolescentes necesitan padres que les dejen espacio suficiente para crecer, que les permitan hacerlo a su propio ritmo y estén cerca, sin agobiar.

Como hemos hablado en columnas anteriores, la educación afectiva y sexual es fundamentalmente un proceso basado en el día a día, comunicarse acerca de estos temas con naturalidad al ritmo que los adolescentes necesiten. Apoyarse en ejemplos: libros, revistas, videos; otras veces, simplemente aprovechar las oportunidades tal como se presentan a causa de un comentario, a raíz de una película o programa de TV. Así se puede aprovechar la ocasión para hablar de la sexualidad como algo cotidiano.

Las relaciones sexuales forman parte del desarrollo normal del adolescente, de su bagaje de experiencias y de su progresiva construcción de un mundo adulto.

Evidentemente, estas relaciones pueden ser vividas con inquietud por padres y madres que temen fundamentalmente por la posibilidad de que sus hijos o hijas sufran experiencias físicas o emocionales que influyan negativamente en su vida personal y familiar. El temor es muy válido, pero la vacuna no consiste en intentar aplazar o evitar las relaciones sexuales. El asunto pasa por favorecer que, cuando éstas se produzcan, los adolescentes dispongan de criterios y orientaciones suficientes para incorporar armónicamente la experiencia sexual a su mundo personal.

La falta de reconocimiento o la oposición ante la posibilidad de que los adolescentes mantengan relaciones sexuales, tiene en general como consecuencia que los adolescentes no cuenten de su vida sexual y lo hagan a escondidas. El encuentro sexual se da en un entorno angustioso sin la tranquilidad y seguridad necesaria.

Para un número importante de adolescentes, la practica sexual, no revierte en satisfacción, sino que genera insatisfacción y angustia. Se sienten muy culpables y con la sensación de estar decepcionando a sus padres.

Existen una serie de factores que influyen en la actitud de los adolescentes hacia la sexualidad. La ilusión de algo bueno, puede tornarse en una experiencia frustrante e, incluso, traumática. Las consecuencias de esto pueden derivar a mediano y largo plazo en disfunciones sexuales, sentimientos negativos hacia la sexualidad, falta de deseo.

Es muy importante fomentar la responsabilidad bien informada, es decir ayudar a los adolescentes a desarrollarse como personas capaces de tomar decisiones razonables, por medio del diálogo y el conocimiento; considerando la necesidad que tienen los adolescentes de vivir y expresar su sexualidad como parte de su desarrollo y crecimiento.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 11:23 AM | Comentarios (5)

Enero 03, 2008

Qué difícil es hablar de sexualidad, ¿qué hacer?

En columnas anteriores he planteado que a los padres les resulta difícil hablar de la sexualidad con sus hijos. La sexualidad está presente desde el nacimiento y es un tema que no debe obviarse en las conversaciones, aunque cueste.

La educación afectiva y sexual no es una tarea programada, se va produciendo a medida que los hijos crecen. El hablar de sexualidad debe responder a las necesidades de los hijos, no a las de los padres.

Es importante hacerlo progresivamente, comunicarse acerca de estos temas con naturalidad al ritmo que los adolescentes necesiten, apoyarse en ejemplos: libros, revistas. Otras veces, simplemente aprovechar las oportunidades tal como se presentan: a causa de un comentario, a raíz de una película o programa de TV. Así se puede aprovechar la ocasión para hablar de la sexualidad como algo cotidiano.

Aquí un ejemplo: Susana, evita conversaciones con su madre y no sabe por qué le irrita la interacción con esta. “Ella como quien no quiere la cosa, me hace cada vez más preguntas sobre mi pololo, cuánto lo veo, qué hago con él, si nos juntamos solos o con otros amigos”, comenta.

En el trabajo terapéutico, descubrimos que lo que no le gustaba a Susana era sentirse presionada a comentar sobre su vida, como sometida a un interrogatorio. “No es que yo no quiera hablar de estos temas con mi mamá, incluso quizás me aliviaría que ella me preguntara directamente si tengo relaciones sexuales con mi pololo y me llevara al ginecólogo", agrega.

En la comunicación acerca de la sexualidad se requiere mucha delicadeza, porque los jóvenes necesitan hablar de ella, pero no sentirse invadidos. Es importante fomentar la responsabilidad bien informada, es decir, ayudar a los adolescentes a desarrollarse como personas capaces de tomar decisiones razonables, por medio del diálogo y el conocimiento.

Imaginemos un río en el que los padres están en una orilla y los hijos en otra, intentando hablar, pero sin poder hacerlo a causa de la distancia. Inventemos, también, que hay un puente entre las dos orillas. En general deben ser los padres los que tienen que dar el primer paso para cruzar. Recordar cómo se sentían cuando eran adolescente: con miedos, angustias, deseos. La necesidad de recibir información puede ayudar a cruzar el río empáticamente.

También genera un clima de confianza revelar experiencias propias. Los padres pueden contar sus vivencias sentimentales y sexuales, siempre adecuando la conversación a lo que los hijos puedan escuchar.

Si se crea un clima de tranquilidad y credibilidad, los hijos irán preguntando sus dudas y podrán aclarando temas y profundizando en la educación sexual. Esto permitirá no dedicar un día exactamente a hablar de sexo, sino considerar este tema como normal y sobre el que se puede hablar en cualquier momento que sea necesario.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Diciembre 03, 2007

Temas sobre sexualidad para hablar con los hijos adolescentes

Siguiendo con el tema de lo importante que es hablar sobre sexualidad con los hijos, la idea ahora es descubrir cómo abrir un espacio en el que se pueda comenzar un diálogo que permita comunicarse. Claramente es un tema difícil, pero aquí un punteo sobre temas frecuentes que permiten abrir la conversación.

"A mí no me va a ocurrir". A los adolescentes en general, les resulta trabajoso medir las consecuencias de sus actos. Simplemente, piensan que son capaces de controlar sus impulsos con más facilidad de lo que pueden. Aquí, la empatía es fundamental, no se trata de un discurso crítico sino de entender, cómo a los adolescentes les cuesta tomar conciencia de que son tan vulnerables a sus pulsiones, como cualquier otro ser humano.

“La primera vez que se tienen relaciones, la mujer no se queda embarazada”. Muchos adolescentes tienen esta fantasía y a veces, aunque saben que no es así, tienen la ilusión de que para ellos será diferente. Por eso, es importante insistir en ir al ginecólogo al iniciar la vida sexual y generar una comunicación, en la que el hijo sienta la confianza para pedir esto a los padres.

"Las relaciones sexuales son siempre gratificantes, cuando se dan con una persona a la cual se quiere". Contrario a lo que los medios de comunicación muestran, la sexualidad creativa y gratificante no es instantánea. El amor no basta para hacer de la experiencia sexual una vivencia plena y enriquecedora. La sexualidad se aprende y necesita tiempo, serenidad, comprensión y amor, esto es fundamental de trasmitir a los hijos. Muchas veces en la adolescencia, las relaciones sexuales son esporádicas y no existe el grado de intimidad y tranquilidad necesarias. La experiencia sexual puede ser insatisfactoria al menos para uno de los dos y eso no significa que algo anda mal, es parte del proceso de irse conociendo.

"Las relaciones sexuales hacen que aumente la comunicación, que exista más intimidad y se enriquezca la relación de pololeo". La actividad sexual puede nutrir el pololeo, pero es fundamental tener en cuenta que se requieren ciertas condiciones previas para el inicio y desarrollo de la actividad sexual. La comunicación y el conocimiento mutuo son tan importantes como la sexualidad.

"Si me quieres, tienes que tener relaciones sexuales conmigo". Es fundamental reconocer al hijo adolescente los deseos e impulsos sexuales como un aspecto valioso y natural de su desarrollo. Mostrarle cómo la "prueba de amor" que muchos piden de sus parejas puede tener múltiples respuestas: "Si me quieres, para mí es importante que puedas respetar mis sentimientos y no me presiones a hacer algo para lo que aún no me siento preparado (a)".

"Tener relaciones sexuales no prueba que yo esté enamorado. La verdadera prueba puede ser postergarlas hasta que sea el momento adecuado". Cómo hablar con los hijos de la sexualidad, es algo que se da de manera distinta en cada familia, de acuerdo a la experiencia de cada uno de los padres y el referente sociocultural. No existen recetas, es muy necesario que los padres, con sus propios valores y dentro de su estilo, realicen un esfuerzo para no dejar fuera esta materia, dado los tiempos de destape que se viven hoy en nuestra sociedad.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Diciembre 01, 2007

Una buena escucha

El tema de la comunicación ha sido últimamente un tema muy abordado, pero ¿que significa realmente tener una verdadera escucha del otro y una comunicación efectiva? Pareciera que cada día resulta más difícil realmente poner atención al otro, pues ello implica una escucha reposada; detenerse y comprender qué quiere la persona que tenemos al frente.

“Una buena parte de los problemas entre las personas, tienen que ver con malos entendidos en la comunicación. Es común ver que durante una discusión, tanto en las parejas como en la relación de los padres con los hijos, en vez de darse una conversación, hay dos personas teniendo un monólogo. Cada uno quiere probar que tiene la verdad. Espera ver que dijo el otro para rápidamente responder, no con el objeto de entenderse, sino para probar que lo que yo digo es lo correcto y que tengo la razón. Hacer una pausa, darse el tiempo para ver que está pasando es fundamental en la interacción que da en la comunicación”.

Este es uno de los planteamientos del Dr. David Zimerman, psicoanalista y grupoterapeuta, quien participó en un seminario organizado por la Asociación Chilena de Psicoterapia Analítica de Grupo.

“La relación amorosa puede verse teñida por agresión, cuando al discutir las personas se defienden por el miedo a ser atacados por el otro. Por eso es muy importante chequear cómo llega el mensaje que estoy enviando, cómo entiende el otro mi comunicación y cómo yo entiendo lo que me quieren decir y cómo me llega”.

Este punto que toca el Dr. Zimerman resulta muy importante en el diálogo con los adolescentes. Por ejemplo cuando los padres quieren saber quienes son los amigos con los que salen sus hijos y les preguntan, los jóvenes pueden sentir esa pregunta como parte de un intento de control y esto provocarles mucha rabia. Al abrir la comunicación si los padres explicitan que más bien tiene que ver con un interés por conocer más de ellos y no un acto de desconfianza o control, en la mayoría de los casos los adolescentes se calman. Esto requiere darse un tiempo para conversar y aclarar cómo se trasmiten y reciben los mensajes.

Zimerman piensa también en una paciente adolescente de quince años que llamará Andrea. Andrea llevaba tres meses de relación e inició su vida sexual. Al poco tiempo de este evento, el joven con quien “andaba” se involucró con otra niña y decidió terminar la relación. Andrea llegó a su consulta muy triste y abrumada, sintiéndose muy engañada. “Yo pensé que él me quería y estaba más puesto conmigo, por eso tuve relaciones con él”.

Al ir analizando los mensajes y la interacción entre ambos fueron descubriendo como él le había estado mostrando tanto desde lo verbal como por su comportamiento, que su compromiso era muy leve y que no quería una relación seria. Sin embargo, Andrea tenía tantos deseos de ser querida que no pudo escuchar claramente lo que el otro le decía, decodificó desde ella sin poder ver al otro. “En muchas ocasiones escuchamos lo que queremos que nos digan y no lo que el otro dice. A veces suponemos que estamos de acuerdo sin prestar verdadera atención al planteamiento del otro”, afirma.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Noviembre 19, 2007

La difícil tarea de hablar de sexualidad

En la columna anterior se planteó lo difícil que es hablar de la sexualidad con los hijos. Ésta es una temática cada vez mas importante de abordar pues, estudios en Chile muestran que el 33% de los adolescentes empieza su actividad sexual entre los 15 y los 18 años, y un 31% la tiene desde los 15 años o menos. Aquí algunas sugerencias que puedan facilitar las cosas.

Es muy importante darles la oportunidad a los jóvenes de hablar de sexualidad cuando ellos lo necesiten, no cuando uno como adulto lo decida. Para ello es importante mantener una comunicación cercana desde la niñez .Estar alerta de lo que los hijos están requiriendo conversar. A veces, los niños o jóvenes que no preguntan, se están ahogando en dudas, incluso pueden estar siendo expuestos a un abuso sexual. La primera herramienta para combatir el abuso sexual es: la educación sexual y esa responsabilidad de los padres.

El sólo hecho de no estar hablando de sexualidad con los hijos es ya una forma de educación sexual. Durante mucho tiempo hubo la idea de esperar a que fueran los hijos quienes hicieran las primeras preguntas para comenzar a darles educación sexual; hoy se plantea que, los padres abran ese espacio de conversación, como parte de la educación.

Es recomendable buscar las palabras más sencillas para explicar el tema. Tener libros de sexualidad en la casa familiariza y facilita aprender a hablar con naturalidad. Leer libros dirigidos a niños o adolescentes favorece que los adultos conozcan el lenguaje apropiado para llegar de manera más fácil a los hijos. Primero es necesario leer para despejar y discutir las dudas en pareja. Luego, ésta puede ser una actividad que se realice con cada hijo por separado, según su edad y necesidades personales respecto del tema, porque a menudo se requiere privacidad.

Si sólo se gratifica a los hijos cuando hablan de otros temas que no sea el sexual, entonces se le está enseñando que es válido hablar de todo menos de sexualidad. O lo que es peor, los hijos pueden interpretar que, es tan feo o tan sucio, todo lo que tiene que ver con la sexualidad que, por eso, no hay que hablarlo. Esto no impedirá que tengan la experiencia, pero quizás sí les faltará responsabilidad y los conocimientos adecuados. Las personas que tienen autoaceptación, autorespeto y autoconfianza suelen ser aquellas que hacían preguntas y se les respondía; esto les ayudó a tener conocimiento, confianza e ir formando su propio criterio.

Si el tema provoca pudor o como padres les es difícil hablarlo es conveniente que los hijos lo sepan. Esta es una instancia para conocerse mutuamente, por ello es recomendable que, los hijos adolescentes sepan algunas de las dificultades de los padres en estas áreas y la educación sexual que estos recibieron. Sin perder la noción de que se le contará al hijo lo que es necesario para su edad, no se trata de una conversación de amigos.

Es importante decir siempre la verdad. Si no se sabe es fundamental informarse. Muchos padres temen no saber dar respuesta a los cuestionamientos que les hacen. Los hijos saben diferenciar bien, cuándo se está ocultando información y cuándo, de veras no se sabe la respuesta. Puede ser muy nutritivo buscar información juntos. Esta es una manera de ir conociendo en qué está el hijo, que precisa saber, qué lo tiene asustado o confundido, qué teme preguntar. Es fundamental entregar la información que le hace falta al hijo en ese momento, no saturar de conocimientos; hay que ser perceptivo y entregar lo que él está solicitando y necesitando.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Noviembre 05, 2007

Derribando mitos sobre sexualidad

La sexualidad es un componente de la personalidad humana que, se manifiesta de diferentes formas desde el nacimiento y a lo largo de toda la vida. Los seres humanos son intrínsicamente sexuales. Su expresión puede ser fuente de realización y felicidad o, por el contrario, puede transformarse en algo violento y traumático. Me refiero a violaciones, abusos sexuales, embarazos no deseados, sometimiento al otro y fuertes sentimientos de culpa.

Los niños construyen su sexualidad desde que nacen. Al nacer sólo se es un ser -hombre o mujer- que recibe información verbal y no verbal, la cual lleva a integrar los sentimientos, pensamientos y actitudes que construirán la sexualidad. Tanto los padres como los educadores son responsables de brindar la educación sexual que los niños necesitan, para lograr su mejor desarrollo como ser humano.

Uno de los mitos mas escuchados en relación a este tema es creer que la educación sexual se debe iniciar durante la adolescencia.

Es importante hablar de sexualidad desde que los hijos son pequeños, según las necesidades correspondientes a la edad. El “yo hablaré de sexo con mis hijos cuando sea su momento” constituye una forma de evadir un aspecto de la educación que no siempre resulta fácil para los padres, pues la educación sexual, también pasa por conectarse con las propias experiencias, creencias y valores.

Otro mito es considerar que entregar educación sexual es dar información para prevenir los riesgos de una sexualidad no premeditada.

La educación de la sexualidad implica mucho más que eso, contribuye a la formación de la identidad sexual, los roles sexuales, la autoestima y la imagen corporal, etc. Por esta misma razón, se debe iniciar desde momentos tempranos de la vida, acompañando al normal desarrollo psicosexual de los niños/as y jóvenes adolescentes para que construyan una sexualidad responsable y conformen un ser sexuado sano.

Por ejemplo, la noción de que el cuerpo sólo puede ser tocado por su papá y mamá, ya es educación sexual y esta comienza en la temprana infancia. La noción de los límites corporales tiene que ver con la identidad y el respeto a uno mismo, al decidir quien se me acerca más íntimamente. Es un punto muy importante para prevenir el abuso sexual.

Otro mito es creer que si el niño/a o el/ la joven reciben educación sexual, se los incentivará precozmente a comenzar su vida sexual.

Estudios en Chile muestran que el 33% de los adolescentes empieza su actividad sexual entre los 15 y los 18 años, y un 31% la tiene desde los 15 años o menos. La literatura internacional muestra la efectividad de los programas de educación de la sexualidad, cuando estos son idóneamente implementados en la escuela, acompañados con una escuela para padres. Si bien, se reconocen diferentes resultados vinculados con las diferencias culturales de cada país que aplica el programa, todos muestran, que no hay aumento del ejercicio de la vida sexual activa entre los adolescentes; por el contrario, los jóvenes que reciben educación sexual formal en la escuela desde etapas tempranas inician su vida sexual más tarde, tienen menos parejas sexuales y adoptan el ejercicio de una sexualidad más sana y responsable. Una educación sexual oportuna y honesta permite que estas vivencias puedan ser internalizadas de manera más abierta y nutritiva.

Existe una gran diferencia entre la información que los jóvenes quieren recibir y lo que los adultos “creemos que deben de saber “. Los papás y las mamás, incluso los maestros, a veces, creen que si los jóvenes reciben información perderán la inocencia. No es lo mismo la inocencia que la ignorancia. La primera se puede conservar, así como la capacidad de asombrarse, pero es importante tener los conocimientos para conocer las ventajas y desventajas de las elecciones que, los jóvenes tomen en su vida. Si el adolescente se involucra sexualmente sin saber de qué se trata, elige algo desde la ignorancia sin las herramientas necesarias, lo que puede generar mucha culpa y angustia.

Otro mito que ha obstaculizado el educar sexualmente, es pensar que el hablar de sexualidad con los hijos pasa sólo por la entrega de información. Parece que la cosa no es tan simple, pues está temática cruza los aspectos íntimos e inconcientes de cada padre, experiencias vividas, valores, la historia en este tema con los propios progenitores. Por ello, es importante revisar la propia concepción de la sexualidad y las posibles barreras internas para tratar el tema. Al hablar con los hijos de sexualidad aparecen de forma inadvertida distintas emociones y pensamientos, que requieren de una toma de conciencia y mayor conocimiento de la propia relación de cada padre y pareja respecto de la sexualidad.

Los hijos saben agradecer una educación clara, oportuna, honesta. Los mitos, en cambio, cierran la posibilidad de pensar.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 10:00 AM | Comentarios (3)

Octubre 16, 2007

Desconectados de si mismos

Es frecuente que los jóvenes acudan a la consulta y planteen lo siguiente: “estoy desorientado, revuelto, no sé que estudiar, estoy perdido, no se me ocurre qué voy a hacer, estoy desmotivado.”

La desorientación vocacional, muchas veces, es un síntoma que plantea que lo más probable es que en ese paciente no se ha consolidado, aún, el trabajo de elaboración de la propia identidad; tarea que se desarrolla en forma intensa, durante la etapa nuclear de la adolescencia.

En el último tiempo, los padres han flexibilizado los roles dentro de la familias y se ha avanzado en cercanía e inclusión en el vínculo con los hijos, pero este modelo de crianza ha producido como consecuencia indeseada una falta de diferenciación entre padres e hijos que afecta profundamente el proceso madurativo y la salida al mundo exterior de los hijos, trayendo graves consecuencias en la organización y maduración de sus intereses vocacionales y de su posibilidad de entrega y compromiso con la situación de aprendizaje.

Cuando los padres tratan a sus hijos como iguales o responden a su natural enfrentamiento adolescente en forma simétrica, producen en los hijos un efecto de desubicación que los coloca en un lugar de partida del cual no logran estar verdaderamente motivados para aprender. “Si yo soy tan grande como mis padres, ya sé, por lo tanto no tengo mucho para aprender”. Estudiar en este caso, pasa a ser más una obligación o necesidad impuesta por las dificultades del medio que una verdadera motivación hacia el estudio; los intereses vocacionales que aparecen a partir de allí son frágiles e inconsistentes.

Una de las consecuencias más graves y desconocidas de la simetría en el vínculo entre padres e hijos es la distancia emocional a la que recurren los jóvenes ante la falta de límites, para buscar una protección frente a los impulsos de la adolescencia, que luego los deja distantes y desconectados de sí mismos como para percibir los propios intereses vocacionales.

A partir de allí no pueden percibir con claridad sus propios intereses vocacionales, ni tener un registro claro de sí mismos, ni entusiasmarse, ni apasionarse justamente porque han quedado desconectados.

Si el adolescente no se conoce, le resulta muy difícil tomar una decisión creativa desde adentro, como algo original de si mismo. Se requiere realizar un trabajo psicoterapéutico, para que el joven se vaya entendiendo y reconozca sus distintos aspectos pudiendo diferenciarse de los padres y los compañeros de grupo.

También es necesario ayudar a los padres en asumirse como figuras protectoras y cercanas que permita al joven la salida de las situaciones fóbicas que provoca el aprendizaje. La recuperación del contacto comunicativo con los padres asumiendo las jerarquías y los limites permite la salida de la desconexión emocional y la fantasía de fusión, posibilita la reconexión emocional consigo mismo y la distensión necesaria para poder percibir los propios intereses vocacionales.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 10:02 AM | Comentarios (1)

Octubre 08, 2007

La madre suficientemente buena

Cada vez se hace más necesario que las madres se den cuenta de lo importante que es hacerse cargo de su condición humana e imperfecta. Un concepto que ayuda mucho, es el del psicoanalista inglés, Donald Winnicott, quien describió “la madre suficientemente buena” como aquella que no aspira a ser perfecta ni la mejor, sino que acepta sus limitaciones, está disponible para su hijo, pero no de forma incondicional, pues es capaz de poner límites y decir ahora me toca a mí.

Aunque hoy en el discurso está más incorporado el poder equivocarse como mamá, las mujeres en su rol materno se siguen sintiendo muy exigidas. Quieren que sus hijos sean sanos físicamente, estén bien emocionalmente, se desarrollen socialmente, tengan buenas notas, estén contentos, etc. Y si esto no sucede, rápidamente se sienten muy culpables.

A las madres les cuesta aceptar que tanto ellas como sus hijos, y los papás de los hijos, cometen errores y tienen faltas, condición propia del ser humano. Pareciera que el ser “mejor mamá” pasa por aceptar con humildad que los seres humanos aprendemos de la experiencia y para ello es necesario sobrellevar amorosamente los errores y las caídas como parte del aprendizaje.

Es muy frecuente ver en la consulta que tanto las madres como los hijos se sienten muy culpables por no estar cumpliendo con los ideales sociales de sus respectivos roles, ambos se siente exigidos de cumplir con patrones de excelencia y eso genera mucha frustración y angustia. Pareciera que piensan que existen ciertos patrones que establecen cómo es la buena madre de un adolescente. Las madres buscan calzar este formato, en vez de ir poco a poco encontrando lo más propio de esa dupla madre-hijo, pues con cada hijo la relación es diferente. Cada dupla madre- hijo y familia tiene su estilo y su propio ritmo.

No hay una manera única de relacionarse con los hijos adolescentes, se trata de una construcción lenta que es necesario ir armando poco a poco, para ver como van calzando las piezas del puzzle. Entenderse con el adolescente requiere tiempo. Ahora esta búsqueda, pasa por equivocarse y juntos ir aceptando las limitaciones de la relación.

La madres no siempre están del todo disponible para los hijos, más ahora, que trabajan. Esto puede ser un plus para la relación con el adolescente. Se trata de una madre con limitaciones, que tendrá que priorizar. Debe ir aceptando que no le será posible hacerse cargo de todo y aquí es fundamental pedir al papá que también tome responsabilidades en la relación con los hijos.

Los asuntos prácticos son importantes, pero no deben estar por sobre la importancia de vincularse. Darse tiempo para estar juntos, por ejemplo comer todos en la noche para que haya espacio para conversar. A lo mejor ese es el tiempo para estar y como es poco es importante aprovecharlo bien.

La madre suficientemente buena a veces falla, no tiene todo el tiempo que quisiera, pero esta frustración puede ser fuente de creación para los hijos y la relación; siempre y cuando esta falla no sea abandono. El adolescente aunque este en su pieza encerrado y aparentemente sin importarle si la mamá está o no necesita saber si ella está disponible por si la necesita. No le es indiferente su presencia o ausencia, lo mismo la del padre. Ahora bien hay muchas maneras de estar accesible para los hijos, cada madre irá elaborando su propia estrategia desde sus posibilidades.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Septiembre 21, 2007

La culpa materna como posibilidad de reparación

Muchas veces se experimenta culpa en relación a como se ha actuado o a lo que se siente respecto de los hijos. El mirar las acciones y sentimientos de manera sincera y genuina, otorga una la posibilidad de conocer lo que ocurre internamente con los hijos. Es importante que estos pensamientos y emociones se encaminen a una posición reflexiva, que abra la posiblilidad de cambio.

No se trata de observarse como madre para enjuiciase. La idea es realizar un trabajo comprensivo que despierte los sentimientos amorosos, hacia si mismo, pues son éstos los que darán la fuerza necesaria para enfrentar lo que se siente como un error en la relación con los hijos y genera culpa.

La capacidad de experimentar culpa es propia de la mente humana y es necesario entenderla como una herramienta que abre camino a la reparación. Se puede describir lo que sucede con la culpa como una lucha entre dos aspectos de nuestro mundo interno. Una parte, la consciente, permite el reconocimiento de que se ha actuado (o pensado) mal. Esa es la parte que involucra nuestro razonamiento y la capacidad de ponernos en el lugar del otro.

Y está el otro aspecto, menos consciente (o inconsciente), el de las experiencias y valores incorporados en la niñez , donde residen los ideales en cuanto al tipo de madres que deberíamos ser, que es una madre idealizada, y que a veces se transforma en el juez más exigente y cruel.

A veces los sentimientos de culpa son tan poderosos que las madres buscan, inconscientemente, "pagar" por el daño que, real o imaginariamente, han provocado y se castigan muy severamente.

El dolor mental que provoca el posible daño causado a los hijos puede ser fuente de crecimiento o deterioro. Si la culpa es utilizada sólo para la recriminación está siendo utilizada destructivamente, pues se trata de que ésta ponga en marcha la creatividad para generar cambios en la relación con los hijos.

Ahora bien, la reparación en la relación con los hijos pasa por hacerse cargo de la limitación propia, tomar conciencia de que la mamá no es omnipotente, de que es un ser lleno de limitaciones y que no puede hacer más que lo en ese momento pudo hacer. Es a partir de ahí que, en la mente, se puede indagar en las distintas alternativas de reparación.

Mostrarse como una madre que puede reconocer los errores, sentir culpa y, desde ahí reparar, sin que esto implique generar un fuerte auto reproche, puede ser de gran utilidad para los hijos, pues permite utilizar la culpa como fuente de reparación.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Septiembre 10, 2007

Tolerar la incertidumbre

Muchas veces, en la vertiginosa sociedad en que vivimos, se espera que respondamos rápidamente ante las diversas situaciones en la relación con los hijos, o ante diversas situaciones complejas y dolorosas que a ellos les ocurren. En la medida en que uno, como adulto, puede tolerar que todavía no sabe qué hacer, que no se le ocurre nada, se va “haciendo fuerte” para tolerar la incertidumbre . Así puede enseñar a sus hijos que no tiene todas las respuestas, si no que éstas, a veces, requieren un tiempo de maduración.

Frente a un hecho complicado, a veces es necesario tolerar la confusión del no saber y la desorientación, con la frustración y angustia que eso conlleva.

La turbulencia emocional que implica vivir ciertos momentos de vacilación, llevan a desarrollar una mente capaz de explorar la realidad; que antes de dar una respuesta precipitada, espera, espera con calma, paciencia y fe, que algo adecuado se le ocurrirá.

El no saber qué decirle a un hijo o cómo responderle implica dolor. A veces la cristalización de una respuesta toma mucho más tiempo del que se quiere. El mirar las situaciones de un nuevo vértice, que permita entender la situación de una manera distinta, no es fácil.

A veces se cree tener la solución, pero se vuelve a caer en la confusión, hasta que poco a poco, va llegando la respuesta. Este proceso hace crecer la mente y nos va equipando de recursos nuevos para resolver conflictos a futuro.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 03:48 PM | Comentarios (1)

Agosto 27, 2007

Educar: cercanía y distancia necesaria

Los adolescentes acostumbran a desplegar una curiosa combinación de madurez e infantilismo, durante el proceso de crecimiento; a veces están muy cerca de los padres, en otros momentos se distancian abruptamente.

Sabemos que durante la adolescencia el joven comienza a construir su propia identidad, para lo cual requiere romper con las figuras paternas. Son repetidos los desencuentros en la relación con los padres, temática que les tomará años resolver .

Un buen desarrollo de la adolescencia implica que, finalmente, el joven logre separarse y diferenciarse de sus progenitores. Esto le permite sentirse autónomo, con la madurez y fuerza necesaria, para dominar aquellos obstáculos que el medio ambiente le presentará en su travesía por la adultez.

En esta etapa se requiere que los padres puedan estar muy presentes, dispuestos a dialogar y llegar a transacciones, sin evitar el conflicto ni transar en la postura de limites y reglas. La claridad en las normas es necesaria porque da seguridad y tranquiliza al adolescente, sin caer en medidas extremas o excesivamente autoritarias que imponen puntos de vista y no escuchan razones; lo que da pie al quiebre de la relación y engendra miedo y desconfianza. El no porque no, no sirve es necesario parlamentar.

Los padres deben mantenerse en su papel de cabezas, no convertirse en amigos o camaradas de sus hijos. La consecuencia más grave de la educación permisiva es la falta de conciencia en los jóvenes, pues no serán capaces de interiorizar las normas para regir sus vidas. Es muy importante ayudarles a ser responsables de sus propios actos, sin permitirles que se sustraigan de las consecuencias naturales que se derivan de ellos.

El exceso de protección a los hijos, tratar de evitar las penas y dolores que la vida les trae, impidiendo que se esfuercen o enfrenten dificultades; fomenta la dependencia e incompetencia en los jóvenes impide crecer, destruye la autoestima e incapacita para la autosuficiencia.

Es preciso acompañar a los adolescentes en el descubrimiento de sus anhelos e ideales, respetar sus sueños y potenciar el desarrollo de herramientas necesarias el logro de sus metas. Ayudarlos a tolerar las frustraciones, que provocan intensos sentimientos de rabia, por la necesidad de inmediatez propia del adolescente y de nuestros tiempos.

Otro aspecto fundamental en la adolescencia es el proceso de autoconocimiento, los padres pueden contribuir a que sus hijos vayan entendiendo las razones de su comportamiento: ¿qué les hizo sentir rabia o pena? ¿cuándo lo sintieron? ¿por qué? Poder dialogar en cuanto a la interacción que se da en la familia, es fundamental para irse entendiendo, tanto en la relación con otros como consigo mismo y provee la posibilidad de una relación más honesta y adulta.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Agosto 13, 2007

Cuando nos invaden las alucinaciones

Muchas dudas surgen acerca de esta compleja enfermedad cerebral grave, que compromete fuertemente tanto el área cognitiva como emocional del joven.

La esquizofrenia se diagnostica durante la adolescencia entre los quince y veinte años. Afecta al hombre y a la mujer con la misma frecuencia; aparece antes en los hombres, más tardíamente en las mujeres. Se sabe, también, que afecta al 1% de la población. Su causa específica es desconocida y el riesgo de desarrollar la enfermedad está ligado a lo genético.

Los primeros síntomas de la esquizofrenia son cambios peculiares del comportamiento y en el curso del pensamiento Estos síntomas pueden causar desconcierto y confusión en los familiares del enfermo.

La aparición súbita de síntomas psicóticos se conoce como la fase "aguda" de la esquizofrenia. La "psicosis", un estado común en la esquizofrenia, representa un deterioro mental marcado. Las alucinaciones, como el oír voces que no son reales, son un trastorno de la percepción muy común. También son frecuentes los delirios: desarrollar creencias falsas que surgen como consecuencia de la incapacidad para distinguir lo real de lo imaginario.

Otro síntoma importante es el aislamiento, el evitar el contacto social con familiares, amigos y otras personas. Es habitual observar apatía, falta de motivación, carencia de objetivos y aplanamiento afectivo. Las personas que sufren de esquizofrenia, generalmente, padecen de una limitación en su capacidad de expresión afectiva; la capacidad para expresar sentimientos y estados emocionales está disminuida.

La evolución de la esquizofrenia es variable. Algunas personas sufren un solo episodio psicótico y logran recuperarse y reinsertarse bastante bien. Otras tienen muchos episodios de psicosis en el transcurso de su vida, pero entre dichos períodos llevan una vida normal. Otras personas sufren de esquizofrenia "crónica", la que se manifiesta en forma continua o recurrente.

El dr. Hernán Silva, profesor titular de la U. de Chile, quien ha investigado acuciosamente sobre esta enfermedad, planteó en el Seminario de “Actualizaciones en Psiquiatría”, organizado por la Sociedad Chilena de Salud Mental, “la importancia de iniciar el tratamiento lo más precozmente posible, lo que mejora el pronóstico de la enfermedad. Los antipsicóticos de nueva generación son los medicamentos de elección. Estos fármacos difieren en el perfil terapéutico y en los efectos secundarios. Deben acompañarse de medidas de rehabilitación y reinserción social”.

Estudios recientes indican que tanto la psicoterapia individual como la grupal pueden ser muy útiles para los pacientes esquizofrénicos. A pesar de sus beneficios, la psicoterapia no es un sustituto de los medicamentos. Y resulta más útil una vez que el tratamiento con medicamentos ha aliviado los síntomas psicóticos.

Una vez que el paciente ha salido de la fase aguda y se encuentra más estable puede beneficiarse de psicoterapia individual y/o grupal. Las sesiones pueden centrarse en problemas actuales o pasados, experiencias, pensamientos, sentimientos o reacciones personales. El paciente puede llegar a entender gradualmente más acerca de sí mismo y de sus problemas al compartir sus vivencias y pensamientos con una profesional que lo ayude a reflexionar y discriminar entre lo real y lo distorsionado o imaginario.

No es raro que las personas que rodean al paciente se sientan inseguras de cómo responder cuando éste hace declaraciones que parecen extrañas o son decididamente falsas. Para el enfermo, sus creencias o alucinaciones son completamente reales y no son productos de su imaginación. En lugar de simular estar de acuerdo con lo que dice el paciente, los miembros de la familia y amigos deben indicar que no ven las cosas de la misma manera o que no están de acuerdo con sus conclusiones. Al mismo tiempo pueden reconocer que las cosas pueden parecer diferentes para el paciente.

La perspectiva para el futuro de las personas con esquizofrenia ha mejorado en los últimos años. Aunque todavía no se ha descubierto una terapia totalmente efectiva, es importante saber que muchos pacientes mejoran lo suficiente como para mantener una vida independiente y satisfactoria.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

Posteado por PuntoMujer el 10:28 AM | Comentarios (5)

Julio 30, 2007

Adolescencia y grupos

Pasar de la niñez a la adolescencia es un proceso de crecimiento que genera un gran movimiento, tanto en el adolescente, como en los padres y su familia. La transición del adolescente implica el pasaje del mundo del niño en la familia, hacia el mundo de los pares y de ahí, al mundo adulto.

El sentir: “yo pertenezco a esta familia” y “yo soy hijo de mi papá y mi mamá”, eran elementos fundamentales y casi suficientes para definir la identidad durante la infancia.

Esta pertenencia ya no basta para la conformación de identidad del adolescente, ahora debe salir a conquistar nuevos territorios, “distintas familias”, lugares, ideas e inspiraciones más propias. Además, comienza a darse cuenta que los padres “no lo saben todo” lo que desata una tremenda frustración. Los padres sufren entonces una fuerte descalificación – no siempre justa – pero necesaria para la diferenciación del joven.

A los adolescentes, ya no les acomoda sentirse amparados ni defendidos por los padres para enfrentar el medio que, a veces, se torna peligroso, desafiante y competitivo.

Al desaparecer el mundo infantil, abundante de certezas y padres heroicos, y transportarse a un universo repleto de incertidumbres el adolescente se constituye como una estructura frágil en la búsqueda de identidad.

Las confusiones van desde lo bueno y lo malo, lo femenino – lo masculino, la niñez – la adultez.

Lo anterior lo lleva a aferrarse a fanatismos y convicciones muy cerradas. Ante su confusión mental, defiende sus ideas a ultranza, se protege con un discurso enérgico y defensivo siendo este un refugio para sentirse seguro. Quiere ser su propio constructor, el constructor de sí mismo, quiere elegir sus otros significativos, a sus compañeros de aventura, a sus camaradas.

El adolescente necesita autoafirmarse y para ello el grupo de pares es un espejo y sostén fundamental. Encontrar un lugar en el mundo de sus pares, en la comunidad de sus iguales es vital. Los amigos y compañeros de camino en esta compleja aventura son muy importantes, el crear juntos protege de la soledad y de la angustia ante lo nuevo.

Es por ello que se deben potenciar los espacios donde los adolescentes se vinculen ya sea por un proyecto, intereses en común, deportes etc.

Hoy es frecuente que el intercambio grupal se dé en el “ciberespacio”, (e-mail, chat). Lo complejo de este medio es que no siempre se da una comunicación honesta, el joven puede ser quien más quiere ser y no quien es: un adolescente bajo de estatura que se siente “nerd” se presenta alto y “muy bacán”, total nadie lo ve realmente.

Si los padres ven a sus hijos aislados o utilizando, como único medio de relación el computador, es fundamental consultar con un especialista.

Desde mi experiencia, en estos casos, muchas veces la psicoterapia grupal resulta una experiencia muy enriquecedora para los jóvenes que, trabajando en grupo, vivencian con gran alivio el darse cuenta de que no son los únicos en esta difícil y compleja travesía.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Julio 17, 2007

Intuición de madre

Hoy las futuras madres están muy ocupadas de encontrar información respecto de la maternidad; sin embargo, poner el acento sólo en el conocimiento teórico, las puede desconectar del proceso natural de irse conociendo mutuamente con el recién nacido. Es importante que la madre tenga confianza, pues poco a poco, mediante la espontaneidad e intuición, se irá entendiendo y comunicando con su bebé.

Durante el embarazo y, en especial, hacia el final del mismo, la madre desarrolla una sensibilidad especial que dura hasta unas semanas después del parto. En este estado psicológico especial, las madres tienen una impresionante capacidad para identificarse con su bebé, en una forma que ninguna máquina puede imitar y ninguna enseñanza puede abarcar. Esto permite a la progenitora ponerse en el lugar del bebé, experimenta una particular empatía y se va conectando con las necesidades de la guagua; paso a paso va reconociendo lo que su hijo requiere (ser sostenido, dado vuelta, acostado, alzado, limpiado y alimentado).

La intercomunicación entre la madre y su hijo o hija se mantiene en determinadas formas. El recién nacido capta los movimientos respiratorios de la madre, el sonido de los latidos de su corazón, la calidez de su aliento y su aroma particular. El niño hace suyo todo lo que proviene de la madre; su olor, su calor, el tono de su voz, etc., pues en esta época precoz de su vida no distingue su persona del "otro". La criatura depende del ambiente creado por la madre, el cual es fundamental para su posterior desarrollo.

Donald Winnicott, destacado pediatra y psicoanalista inglés planteaba que “el bebé es una panza unida a un tórax y tiene miembros flojos y, en particular, una cabeza floja”; todas estas partes las sujeta y une la madre, a través del vínculo con su hijo.

El especialista habló de ciertas funciones básicas en el cuidado físico y atención psicológica del niño que son de vital importancia en el contacto inicial y que surgen en la mayoría de las madres con mucha naturalidad.

Sostener (holding): El hecho de sostener al recién nacido de manera apropiada, representa un factor básico de cuidado. Mantener al bebé protegido de los acontecimientos impredecibles que pueden interrumpir la continuidad de su existencia implica cubrir todas sus necesidades, en especial las fisiológicas.

Manejo (handling): Son todos los quehaceres que la madre va realizando que contribuyen al desarrollo del tono muscular y la coordinación motora del infante. Con ello se permite que el pequeño disfrute la experiencia de la función corporal y conozca su cuerpo como parte de su “propio ser” y establezca los límites de si mismo y del otro. Este proceso, que Winnicott denomina “personalización”, constituye la base de la identidad.

De la dependencia absoluta que está presente en los primeros momentos, el bebé pasa a instancias de relativa dependencia y se encamina hacia la independencia, pero es una independencia que hasta su ser adulto presupondrá la necesidad de otros.

El bebé necesita un medioambiente que facilite y acoja sus necesidades y demandas, dada su extrema dependencia. El amor que la madre entrega a su hijo es primordial. Cada deseo, cada emoción, cada sentimiento del niño llega a su madre; el niño recibe una respuesta y envía un nuevo tren de estímulos. De esta forma, la díada madre – hijo se baña en un mundo de intercomunicación y reciprocidad que le es propia y particular.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Junio 18, 2007

La dolorosa necesidad de éxito

El 25 y 26 de mayo se realizó la Primera Jornada de Niñez y Adolescencia, organizada por la Asociación Psicoanalítica Chilena APCH y la Facultad de Psicología de la Universidad del Desarrollo. Uno de los tantos temas que, se discutieron entre los psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas allí presentes, dice relación con la preocupante situación de los pacientes adolescentes que recibimos en nuestras consultas. Estos, están muy presionados por los valores imperantes como el éxito e inclusión en la categoría de los “mejores”; aparecen deprimidos, con una visión desesperanzada y vivencia de menos valía. Sienten que han fracasado por no cumplir con el deseo individual, familiar y social de estar entre los “superiores”.

Vivimos en una sociedad que fomenta la competencia, perfección y excelencia. Hoy pareciera muy difícil aceptar la condición humana de incertidumbre y fragilidad. Mostrar alguna dificultad que dé cuenta de cierta vulnerabilidad e imperfección, es fuente de frustración y decepción. El adolescente y sus padres quedan entonces en el rol de los “perdedores”. Ambos grupos se sienten exigidos a tener y mostrar éxito y pertenecer al grupo de los “ganadores”.

Como he señalado en columnas anteriores, la adolescencia se caracteriza por distintas crisis, principalmente, la de identidad, de confusiones que comprenden lo bueno y lo malo, lo masculino y lo femenino, la niñez y la juventud que da paso a la posibilidad de reinventarse. Es el período de la vida marcado por un serio intento de autodefinición, proceso en el cual los jóvenes requieren de una guía que acompañe, imponga en el descubrimiento de lo más legítimo de si mismo.

El terror del adolescente de tener que someterse a los valores familiares y socioculturales, puede llevar a un distanciamiento y rechazo de los progenitores, adultos y pares, llevando a una retirada hacia dentro de sí mismo con vivencias fantasiosas de total autonomía, o sea, autonomía sin dependencia, quedando muy solo, con una falsa sensación de independencia, lo que constituye un cuadro clínico delicado.

Conocer y considerar lo propio no es tarea fácil para los adultos, y menos para los adolescentes; somos autónomos y dependientes, necesitamos de la mirada y el afecto del otro, lo que nos torna vulnerables y necesitados. Hoy se torna una condición para ser aceptado el “ser exitoso”: hay un importante maltrato para aquellos no que no lo son.

La mirada crítica del otro dificulta la propia aceptación; es fundamental como padres y educadores tener claro el sufrimiento que trae aparejado el sentirse distinto o, no de los “mejores”. Es necesaria una visión más respetuosa, confiada y optimista que acepte genuinamente la diferencia en los procesos de maduración de los adolescentes; hoy pareciera un delito ser del montón o diferente, solo habría cabida para los triunfadores.

Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Junio 04, 2007

Proteger lo intrínsico de la adolescencia

Los adolescentes, especialmente entre los trece y diecisiete años, apelan a su propio mundo, con especiales formas de vestirse, comportarse, hablar y bailar; sus específicas costumbres tribales y sus característicos ídolos para glorificar y venerar.

Este mundo al que acuden, los ayuda a amortiguar la humillación de ser y sentirse mucho menos, todopoderosos de lo que imaginan que deberían ser.

Los adultos muchas veces emulan estas conductas adolescentes para sentirse vitales y jóvenes, pero éstas son privativas de los jóvenes y deben ser protegidas de la posibilidad de que el mundo adulto se apodere de ellas.

Cuanto más usurpa la generación adulta lo que pertenece a la juventud, más estrafalarias y ambiguas serán las nuevas costumbres adoptadas por los adolescentes.

Esta etapa se caracteriza por el nacimiento del grupo, la consigna es no ser rechazado y es fundamental, estar incluido en todas las actividades grupales; “No estoy solo”, “Pertenezco a un grupo”.

El trato heterosexual es en grupo. Las visitas a la polola son en grupo. Les atrae el sexo contrario y lo buscan con intensidad, pero con ambivalencia.

Aparecen enamoramientos apasionados e idealizados, la relación es más intensa dentro de la mente con un otro imaginado más que con un otro real. Es el momento del “amor platónico”.

Es sano y necesario que los jóvenes cuestionen y examinen el mundo adulto que los recibe; su ingreso a él es confuso y decepcionante.

En este período, el pensamiento tiene un tinte moralista y filosófico. Se rechaza todo aquello que se considere infantil, se habla de madurez teniendo un comportamiento inmaduro, como corresponde al desarrollo psicológico de esta etapa.

La crítica a los padres es despiadada y severa siendo muy laxos consigo mismos. Por ello resulta bastante inconfortable el lugar de los progenitores en este período. Si bien es necesario comprender la agresión del hijo como proceso de formación de identidad, también es fundamental poner limites a esa descalificación, el hijo no debe destruir realmente al padre, necesita sólo probar fuerza.

El problema del adolescente radica en cómo ir adecuando la vida de las posibilidades infinitas a la vida de lo realizable y factible; este proceso es fundamental en el desarrollo psíquico. Cada joven irá resolviendo este desafío a su manera y ritmo personal, inicialmente apoyándose en el grupo.

Por Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Mayo 18, 2007

De la niñez a la adolescencia

El tránsito de la niñez al comienzo de la adolescencia es un proceso de crecimiento necesario para el desarrollo humano, sin embargo, éste puede generar mucho estrés e incertidumbre al interior de la familia. Está marcado por la aparición de cambios físicos, que dan comienzo a la pubertad. Las alteraciones corporales y hormonales son el inicio de posteriores transformaciones, afectivas, cognitivas y sociales que sufre el adolescente. El púber inicia el rol más importante del adolescente: ser buscador de la propia identidad, trabajo que implica crisis y desequilibrio.

Desde la experiencia clínica, es frecuente escuchar que los padres consultan bastante angustiados porque observan diversos cambios en el comportamiento de sus hijos o hijas entre 11 y 12 años aproximadamente. “Ha comenzado a aislarse, está con mucha rabia, de mal genio, se encierra en su pieza y no habla. Su rendimiento escolar ha bajado. No se deja acariciar, nos rechaza con brusquedad cuando nos acercamos. No cuenta sus cosas y responde con monosílabos”, dicen.

Los púberes no saben qué les pasa, su mente se ha puesto en blanco. Aparecen nuevas sensaciones corporales, nuevas vivencias y fantasías. Se sienten llenos de ambivalencia: curiosidad y placer y, a la vez, susto, extrañeza y culpa. Los impulsos sexuales y agresivos invaden su cuerpo y psiquis.

El púber comienza a mirar a los padres en forma diferente: los crítica, desafía y descalifica para autoafirmarse; los padres ya no son figuras idealizadas y omnipotentes. El duelo respecto de los padres de la infancia, implica a la larga, una visión más realista de los progenitores. Es un trabajo psíquico importante para el logro de la propia identidad.

Los padres del adolescente deben prepararse para la metamorfosis del hijo, ser capaz de contener la agresión y comprender la necesidad que tiene este de derrocarlo.

Ahora bien, el adolescente, necesita saber que los padres podrán tolerar su agresión, estando allí, empatizando con lo que significa esta crisis. A los púberes les calma la presencia y la puesta de límites y normas de los padres, aunque defensivamente se muestren indiferentes. Es necesario acompañar en forma cautelosa y cariñosa; aquí el manejo de la distancia es fundamental: “ni muy cerca ni muy lejos.”

Considero importante tomar en cuenta que tanto los hijos como los padres están viviendo un duelo, se requiere doble empatía: mirar el proceso de los hijos y hacerse cargo de las posibles rabias, angustias y desconcierto que puede generar esta nueva manera de relacionarse que propone el hijo. Como adulto es fundamental observar estas emociones para no actuar impulsivamente, la tentación humana a agredir de vuelta debe ser pensada por la parte más madura de la personalidad de los progenitores. Para el adolescente es esencial contar con padres pensantes, con buen manejo de sus propios impulsos.

Por Viviana Sosman, psicóloga de la Universidad Diego Portales, especialista en adolescentes.

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Abril 20, 2007

Cuando una pastilla es necesaria

Dr. Guillermo Vergara H.

“La semana pasada fui al médico y me dijo que estaba con depresión. Me sugirió tomar antidepresivos inmediatamente ya que, de no tratarme, corría riesgo de agravarme. Es cierto que últimamente no me he sentido bien y que mis amigos me encuentran cambiada, pero pensaba que no era para tanto. No se si tomar los medicamentos que me indicó y volver a verlo”. Cada día los médicos nos enfrentamos a la situación de valorar síntomas anímicos en nuestros pacientes, y discriminar su severidad y la pertinencia de iniciar tratamiento. Ya sea desde la medicina general o en el ámbito psiquiátrico. Existen elementos diagnósticos confiables para definir con aceptable precisión la presencia de un cuadro depresivo y el nivel de compromiso y riesgo que provoca. Es frecuente que las personas consulten por otros motivos y que se resistan al diagnóstico, aferrándose a causas externas para explicar su malestar.

Hoy sabemos que la presencia de síntomas depresivos persistentes representan un cambio en el funcionamiento, e incluso en la estructura, de nuestro cerebro, y que en ausencia de tratamiento el riesgo de cronificación y empeoramiento aumenta. Independientemente de que existan elementos ambientales estresantes que provoquen el estado depresivo, se produce un cambio interno, que la ciencia ha podido establecer. El estrés crónico o intenso (componente reactivo) puede provocar cambios en el cerebro del mismo peso que la herencia familiar (componente endógeno), en la generación de la enfermedad depresiva. Ya no hablamos de depresión endógena o reactiva, ya que en esencia son el mismo fenómeno.

Así las cosas, ¿qué podemos sugerir para enfrentar la indicación del médico de iniciar tratamiento antidepresivo?

El diagnóstico en medicina se fundamenta en la confianza entre el médico y su paciente, por lo que si nos quedamos con dudas, es razonable buscar otra opinión, preferentemente de un especialista. No evadir la situación, ya que si efectivamente presentamos una depresión debemos tratarla.

Los síntomas depresivos pueden ser poco evidentes en muchas personas, sobre todo cuando han evolucionado por mucho tiempo y la persona se habitúa el funcionamiento deficitario y poco feliz. Hay personas que desarrollan depresiones más encubiertas, en que se muestran hiperactivos y competentes, absorbiendo el costo anímico con autoexigencia y perseverancia.

Existe consenso acerca de la efectividad del tratamiento de la depresión, lo que claramente justifica no dejar sin ayuda a las personas afectadas. El tratamiento puede ser farmacológico y/o psicoterapéutico. La evidencia actual ha demostrado que por si solo, el tratamiento farmacológico es el más efectivo, superando a la psicoterapia exclusiva, pero la combinación de ambas intervenciones ofrece los mejores resultados.

Los antidepresivos son un tipo de medicamento de amplio desarrollo y los de última generación cumplen con criterios de seguridad y eficacia superiores. No presentan riesgo de dependencia demostrado, por lo que su venta no está sujeta a receta retenida (control de psicotrópicos). En general no son fármacos de venta ilegal o tráfico, lo que confirma su carácter no adictivo o psicotrópico.

Si bien, han demostrado ser eficaces para tratar los diferentes tipos de depresión, ninguno de ellos por si mismo es infalible. Existen variados tipos de antidepresivos, con diferentes mecanismos de acción, para tratar a las personas que no responden a un primer o segundo tratamiento. No es raro que deban combinarse dos de diferente tipo para tratar cuadros más resistentes.

En general, todos los antidepresivos, presentan un período de latencia, es decir, un retraso en el inicio del efecto de tres a cuatro semanas, por lo que no hay que impacientarse si dentro de las primeras semanas el alivio no es significativo. No solo hay que tolerar la depresión, si no que además hay que tener paciencia.

La ayuda de la familia y amigos en esta etapa es fundamental. Durante las primeras semanas el médico debe ajustar dosis y evaluar tolerancia y efectos secundarios indeseables, en espera de la mejoría anímica. Es habitual que mejoren algunos aspectos primero, como el sueño o el nivel de ansiedad, y posteriormente el ánimo y la eficiencia mental.

A pesar de ser seguros, existen riesgos asociados que deben ser evaluados persona a persona, por un médico con experiencia en tratamiento de la depresión. Los antidepresivos antiguos, como la Amitriptilina, Imipramina y Clomipramina, por ejemplo, reúnen el mayor conjunto de efectos adversos, dentro de lo que se incluye, alza de peso, constipación, alteraciones cardíacas y riesgo de muerte en sobredosis. Los antidepresivos modernos, poseen bajo riesgo letal en caso de sobredosis.

Con todos los antidepresivos existe riesgo de descompensar un cuadro bipolar, por ello, antes de indicarlos debe descartarse la presencia de un funcionamiento bipolar no diagnosticado. Se pueden usar antidepresivos en personas bipolares en condiciones controladas y a cargo de un psiquiatra.

Muchos de los antidepresivos pueden afectar la libido y la potencia sexual, lo que deberá evaluarse con cada persona y resolver su uso de común acuerdo.

Existe consenso internacional acerca del beneficio del uso de los antidepresivos para tratar la depresión, y se sabe que es necesario usarlos por períodos prolongados, con el fin de evitar recaídas y favorecer un pronóstico favorable en el largo plazo. El menor período aceptable de tratamiento es 6 meses, debiendo definir el plazo máximo caso a caso. Hay personas que deben utilizarlos en forma permanente.

De esto se desprende que un factor relevante en el éxito del tratamiento es el adecuado cumplimiento de la medicación, por todo el período indicado, convirtiéndose este elemento (adherencia a medicación) en un factor relevante en el índice de recaídas y en el surgimiento de estados crónicos de depresión.

Debemos considerar que si bien tomar medicamentos y sentir que los necesitamos para funcionar anímicamente, puede parecernos una “lata” o una “debilidad”, no hacernos cargos responsablemente de la depresión puede acarrearnos más problemas con el tiempo. Por último, la depresión es una enfermedad más, no muy diferente a la hipertensión arterial, al asma, la úlcera o la diabetes, por ejemplo. Todas enfermedades que necesitan apoyo farmacológico por largos períodos o en forma crónica.

Es mejor considerar estos tratamientos como aliados y no como enemigos. El objetivo último es mantenernos sanos, funcionales y felices.

Posteado por PuntoMujer el 09:43 AM | Comentarios (3)

Marzo 30, 2007

Cuando recordar se transforma en dolor

Por Dra. Ximena Donoso

Sin duda muchos de nosotros podemos recordar eventos traumáticos y dolorosos ocurridos en los últimos años. Se nos vienen a la memoria, entre otros, el atentado a las Torres Gemelas el día 11 de septiembre de 2001, la guerra en Irak, el conflicto permanente en el Medio Oriente. También en forma diaria a través de los medios de comunicación nos informamos de asaltos violentos, situaciones de abuso sexual, violaciones, accidentes fatales o de desastres naturales como terremotos y huracanes.

A pesar de la capacidad humana de adaptarse y sobrevivir, el hecho de vivenciar directamente estos acontecimientos o ser testigo presencial de ellos, puede provocar un trastorno emocional denominado trastorno por estrés postraumático.

Si buscamos una definición el estrés postraumático es un trastorno de ansiedad que puede surgir después que una persona, con una vulnerabilidad previa, pasa por un evento traumático que le causó pavor, impotencia u horror extremo. Estos sucesos y recuerdos pueden alterar aspectos vitales de algunos individuos, por lo cual, un evento particular empaña todas las otras experiencias, perturbando el desempeño y la calidad de vida, manifestando problemas familiares, ocupacionales e interpersonales. La carga del pasado interfiere en la habilidad para concentrarse en los hechos cotidianos y les impide afrontar nuevos desafíos.

La probabilidad de sufrirlo es mayor cuando la persona se ve expuesta a múltiples traumas o a eventos traumáticos durante su niñez y adolescencia, especialmente si el trauma dura mucho tiempo o se repite.

Para ejemplificar este tipo de experiencia y las consecuencias que ésta podría ocasionar, citaré el ejemplo de una mujer víctima de un asalto en su lugar de trabajo:

“Mis primeros síntomas fueron: temblor, llanto, pesadillas y dolor en todo el cuerpo. No tenías ganas de bañarme, de maquillarme, de salir. Peleaba con mi marido por todo y hasta llegué a amenazarlo con un cuchillo; todo me molestaba. Si salía de compras tenías que ir acompañada porque me ponía a llorar y a temblar, temiendo un nuevo robo. Tenía a cada rato recuerdos intensos sobre el momento del robo, no me lo podía sacar de la cabeza. No quería volver a trabajar, temblaba cada vez que entraba alguien al lugar donde me asaltaron, temía que me volviera a pasar. En especial, tenía miedo de las personas que usaban gorra con visera o mamelucos, porque las cuatro veces que me asaltaron iban vestidos así. Hoy estoy desganada, con ganas de dormir todo el día, contracturada y con mal semblante”.

Los síntomas por lo general aparecen en un período de tres meses de ocurrida la situación traumática, sin embargo, a veces se presentan hasta años después.

Dichos síntomas pueden ser muy diferentes en cada persona, pero lo más característico es que tengan recuerdos o pesadillas repetidas sobre el evento que les causó tanta angustia. Algunos pueden experimentar el regreso repentino y repetido de imágenes asociadas a recuerdos sobre los hechos, alucinaciones u otras emociones vívidas de que el evento está sucediendo o va a suceder nuevamente. Otros sufren de gran tensión psicológica o fisiológica cuando ciertos objetos o situaciones les recuerdan el evento traumático. Tienden, en algunos casos, a evitar sistemáticamente las cosas que les recuerdan el hecho, cayendo en evasiones de todo tipo: pensamientos, sentimientos o conversaciones sobre el incidente y también actividades, lugares o personas que se lo recuerden.

Otras personas parecen no responder a las cosas o situaciones relacionadas con el evento y no recuerdan mucho sobre el trauma. También podrían mostrar una falta de interés en las actividades que les eran importantes previamente, tienden a alejarse de los demás y no tienen esperanzas sobre el futuro.

Frecuentemente tienen dificultades para quedarse dormidos o bien para despertar, irritabilidad o accesos de rabia, dificultad para concentrarse, se vuelven muy alertas o cautelosos sin una razón clara, evidencian nerviosismo y facilidad para asustarse.

Aunque el curso de este trastorno es fluctuante y cada persona responde de manera particular, con un tratamiento adecuado puede esperarse una recuperación en la mayoría de los casos. De esta manera, se pueden obtener resultados eficaces con psicoterapia o medicamentos, o una combinación de ambos.

Uno de los objetivos de la psicoterapia, es que el individuo logre enfrentar y sobrellevar la situación adecuadamente. Con frecuencia, esta terapia consiste en que el paciente se exponga a la situación que le causa miedo como forma de reducir gradualmente su reacción a ella. Además, ayuda a los que sufren este trastorno, a analizar más de cerca sus patrones de pensamiento y les permite aprender a dejar de pensar negativamente.

Otra instancia es la terapia de grupo, que ayuda a muchas personas a contactarse con otras que han pasado por una situación similar y a saber que sus miedos y emociones son comunes. Junto con la psicoterapia frecuentemente se utilizan medicamentos. Los antidepresivos y ansiolíticos pueden ayudar a reducir los síntomas, tales como los problemas para dormir (insomnio o pesadillas), la depresión y la tensión nerviosa.

Posteado por PuntoMujer el 09:17 AM | Comentarios (6)

Marzo 23, 2007

¿Amor o deseos de posesión?

Por Dr. Roberto Amon

Los celos, dentro de ciertos límites, constituyen una emoción normal y natural que forma parte del equipamiento psicológico de toda persona sana. Además, desde hace siglos, han sido argumento recurrente y fértil de la literatura y más recientemente del cine y la televisión, aunque constituyan también el germen de demasiados sucesos trágicos y muy reales.

Pero, ¿Qué son los celos? Podríamos definirlos como un estado emocional caracterizado por el miedo ante la posibilidad de perder lo que se posee, tiene o debería poseer (amor, poder, imagen profesional o social, etc.).

En el ámbito sentimental, el rasgo más destacado de los celos es la desconfianza y sospecha permanentes en el otro que tiñen, y dañan gravemente, la relación con la persona amada. La mayoría entendemos por celos ese confuso y obsesivo sentimiento causado por el temor de que la persona depositaria de nuestro amor prefiera a otra en lugar de nosotros.

Algunos autores creen que el sentimiento de los celos es universal e innato, en cambio otros señalan que sería de origen cultural y aunque son dos visiones relativamente antagónicas, como ocurre con frecuencia, son perfectamente complementarias. Podemos pensar, por tanto, que cuando nos mostramos celosos experimentamos sensaciones inherentes a nuestra condición de seres humanos y, a la vez, manifestamos un comportamiento adquirido y heredado de nuestra cultura.

Las personas muy celosas son, frecuentemente, apasionadas, ansiosas y proyectan en su entorno muchas veces sus propias tendencias a la infidelidad. Buscan con avidez todas las pruebas de su presunta desgracia y se muestran insatisfechos frente a los argumentos racionales que les trasmiten las personas cercanas con las que se confiesan.

Cuando los celosos llegan al extremo de la irracionalidad es posible que se sienten abandonados, menospreciados y burlados, pudiendo llegar hasta la tragedia de perseguir con odio a su "amor" y no vacilar en atacarlo. De ahí que este sentimiento de los celos genere tantos problemas, no sólo en la seguridad física de las personas directamente afectadas por casos criminales sino también en el equilibrio emocional. Cuando en una pareja surge el miedo a la separación, éste se manifiesta en forma de celos, de persecución al cónyuge en su hipotética infidelidad, controlándole y pretendiendo obligarle a que sea fiel.

Cuanto más persigue a su pareja con celos, tanto más se siente impulsado el perseguido o perseguida a demostrar su autonomía, esforzándose en alejarse y no dejarse controlar. Y cuanto más lo hace, tanto más busca el celoso o celosa reclamarle como posesión propia y restringir así su libertad de movimientos y de sentimientos.

El celoso exige entonces a su pareja la descripción pormenorizada de su supuesta aventura y en su mente se mezclan el miedo al ridículo, a estar en boca de todos, el sentir con dolor que la otra persona vale más, la pérdida de autoestima, un deseo morboso de información (quién es, dónde se ven, desde cuándo.....), un desmedido afán de control y un sentimiento de posesión exacerbado.

Los celos, en contra de lo que podría parecer y de lo que sugieren algunas letras de canciones, argumentos literarios o guiones de películas, no siempre son consecuencia de un gran amor, ni indican cuánto se quiere, se necesita o se desea a la otra persona. Y, normalmente, quienes padecen preferentemente estos ataques de celos son personas muy centradas en sí mismas.

Un tipo muy especial de celos son los infantiles ("complejo de Caín"), que se manifiestan tras el nacimiento de un nuevo hermano. El niño, antes centro de todas las atenciones, se ve obligado a aceptar que debe compartir con el nuevo miembro de la familia el amor y cuidados de sus padres, muy especialmente de la madre, lo que hace que vea en el recién llegado un usurpador, “un intruso", lo que puede conducirle a volcar su agresividad en su pequeño hermano.

Los celos también afectan con frecuencia a profesionales desconfiados y muy competitivos, incapaces de trabajar en equipo y que invierten gran parte de su tiempo y energía en los pequeños detalles, no compartiendo información y controlando cuanto ocurre a su alrededor, a fin de que nadie presente un trabajo que pueda ensombrecer el suyo.

También pueden surgir los celos en la relación con los amigos, pero normalmente no generan tantos problemas ni alcanzan dimensiones dramáticas.

Por lo anterior si usted o alguien cercano se encuentra afectado de manera grave por alguna de estas situaciones, es importante que consulte a un profesional especializado, para que pueda ayudarle a superar este problema.

Posteado por PuntoMujer el 10:47 AM | Comentarios (3)

Marzo 09, 2007

Hija de la frustración

Por Dr. Roberto Amon

¿Por qué nos enrabiamos? Si nos detenemos un momento a pensar en esta pregunta nos daremos cuenta que, en general, nos enrabiamos por la frustración de estar en situaciones que nos parecen indeseables, cuando un perjuicio nos parece intencionado, cuando lo sucedido es contrario a nuestros valores o bien si creemos que la situación vivenciada es controlable a través de nuestra reacción de cólera. En el primer caso cuando estamos frente a un hecho que nos parece indeseable, sucede que nosotros teníamos la expectativa de ser tratados con respeto, queríamos aprovechar nuestro tiempo, adquirir o conservar un bien, pero ocurre algo contrario a lo esperado, como por ejemplo, estamos en el banco pagando una cuenta y hay una sola persona delante nuestro, pero en el momento de que ella pasa a la caja nos damos cuenta que presenta un montón de documentos y vamos a tener que esperar 30 minutos para que seamos atendidos, lo que por cierto nos produce frustración. Por desgracia nuestra vida está repleta de hechos frustrantes.

El segundo caso es cuando sufrimos un perjuicio y nos da la impresión que ha sido cometido de manera intencionada. Sí alguien nos pisa un pie, nuestra reacción no será la misma si pensamos que fue por una torpeza, o bien para hacernos daño intencionadamente. Lo mismo podría suceder si nuestro jefe nos cambia nuestras funciones u horarios sin aviso previo.

En el tercer caso hemos dicho que podemos experimentar rabia si se hiere nuestro sistema de valores. Todos poseemos un sistema de valores que nos permite juzgar si una situación es adecuada, normal o escandalosa. Este sistema se desarrolla desde muy pequeño y en él influye la familia, la cultura y las experiencias vitales. Si un grupo de trabajadores del metro realiza una huelga, nuestra reacción será del todo diferente si nuestro sistema de valores comprende que “el derecho a huelga es sagrado” o bien “la huelga es un procedimiento escandaloso y sólo refleja flojera”.

También es posible que experimentemos rabia si el suceso indeseable nos parece que es evitable o controlable mediante nuestra reacción de rabia. Normalmente frente a una situación frustrante evaluamos muy deprisa, muchas veces inconsciente, si la mejor respuesta frente a un hecho indeseable es la “sumisión” o la “intimidación”, lo que por cierto, dependerá en gran medida de la estimación que hagamos acerca de la “fortaleza” o “debilidad” de nuestro adversario en comparación con nosotros mismos. Esto explica porqué en general un jefe o superior demuestra su rabia más frecuentemente con un subordinado que con su superior inmediato.

La mayoría de las personas relatan que cuando están enrabiados sienten una mayor energía corporal, con enrojecimiento del rostro y un calor que les recorre el cuerpo, en especial las manos, lo que les lleva a cerrar los puños. Además de sentir que se les acelera el pulso y la respiración. Es decir, nuestro cuerpo está preparado para atacar.

Finalmente, es importante mencionar que la rabia es una emoción común, frecuente, que todos experimentamos en algún momento, unos algo más que otros y que en general, no se requiere una atención especial ni consultar a un profesional, salvo que se transforme en una emoción muy presente en nuestro diario vivir, que domine nuestra conducta y que produzca dificultades importantes en nuestras relaciones interpersonales.

Posteado por PuntoMujer el 12:04 PM | Comentarios (3)

Febrero 27, 2007

Amor y ex cónyuges

Por Eugenia Weinstein

El éxito o fracaso de los segundos matrimonios depende, entre otras cosas, de la sanidad de la relación que los nuevos consortes establecen con quienes fueron anteriormente sus cónyuges. Cuando éstos se hacen presente de manera continua en la cotidianidad de la reciente pareja, ya sea a través de llamados constantes, telefonazos inoportunos, visitas inesperadas, encuentros fortuitos, reuniones secretas, peleas imprevistas, llantos destemplados, provocaciones sexuales, quejas insidiosas o peticiones irracionales, pueden invadir, interferir o dañar la nueva relación amorosa. O sea, ser tóxicos. Si Ud. debe convivir cotidianamente con un ex cónyuge tóxico no es de extrañar que ya haya experimentado los efectos nocivos que producen. Probablemente ya esté cansado de que viva extorsionando económicamente a su media naranja o que se la pase metiéndole culpas, o que le ponga todo tipo de problemas con los niños para castigarle, o que interrumpa su intimidad a cada rato, o que llame a las horas más raras, o que se las arregle para hacer sentir continuamente su depresión o que se comporte como si Ud. no existiera.

Y más grave aún, es posible que Ud. esté acumulando rabia porque los sentimientos del ex cónyuge terminan siendo siempre más importantes que los suyos, o que ya esté aburrido de que su amada aún siga asumiendo más responsabilidades con el pasado que con Ud., o que ya no resista verlo aún tan susceptible a ser manipulado por la pena y la culpa.

Es más: es probable que ya le resulte insufrible que lo sigan manteniendo al margen de decisiones que afectan a su relación directamente y que incluso esté dudando de la solidez y veracidad del nuevo compromiso establecido.

Por eso, antes que le siga cundiendo la impaciencia, revise con honestidad su propio comportamiento. Quizás Ud. tiene actitudes que resultan hostiles y desagradables, o siente rivalidad con la historia amorosa de su pareja o está malinterpretando como tóxicos problemas comunes y corrientes de todas las separaciones, o está celoso por las cordiales relaciones que su actual pareja mantiene con la anterior, o simplemente no tolera que tenga un pasado del cual Ud. está ausente. Si es así, póngale luego atajo a sus rabias y no le eche más leña al fuego. Entienda que a todos les conviene una sana convivencia.

A continuación reflexione con su pareja sobre la responsabilidad que a éste le cabe en la toxicidad del ex cónyuge. Quizás su amado no ha sabido poner los límites adecuados, o no ha terminado aún el amor o la guerra, o sigue inconscientemente ligado a su relación anterior, o tiene dificultades para hacer rupturas reales y dejar atrás el pasado. Quizás su nuevo consorte fue testigo en la infancia del dolor de uno de sus progenitores debido a la ausencia o deserción del otro, o se sintió abandonado por uno o ambos padres, o no ha superado aún la culpa por su separación y se castiga a sí mismo saboteándose toda nueva relación amorosa.

En cualquier caso, es urgente que comprenda cómo la ausencia de una adecuada separación psicológica entre ex cónyuges es un motivo permanente de pelea y malos ratos. Adicionalmente conduce a confusión, genera problemas conductuales en los niños, e impide que la nueva pareja se afiate o sobreviva.

Lo que ninguno debe ignorar es que los ex cónyuges son inherentes a los segundos matrimonios porque éstos, gústenos o no, siempre están construidos sobre las ruinas de otro.

Por eso antes de establecer una nueva pareja conviene asegurarse de que realmente ha habido una separación de alma del cónyuge anterior. Cuando se establece un nuevo lazo se debe tener cuidado de no formar en vez, involuntaria e inconscientemente, un nuevo triángulo. Porque es imposible estar psíquicamente casado con dos personas al mismo tiempo. No sólo no conviene, no se debe y no se puede. Además es tóxico.

Posteado por PuntoMujer el 05:57 PM | Comentarios (6)

Febrero 16, 2007

Tiempo para comunicarse

Por Isidora Mena

En un colegio se llevó a cabo con los apoderados el siguiente ejercicio: en parejas desconocidas, se debía hablar alternadamente sobre un tema dado. Esto por tres veces, dos minutos para cada tema. Tres preguntas relevantes hicieron que los desconocidos se sintieran, después del breve lapso, con una intimidad que no habrían esperado. ¿Es tanto el tiempo que se requiere para entrar en contacto con otro ser humano? Fue la desafiante pregunta que se hizo al finalizar el ejercicio. Si no es el tiempo lo que complica la comunicación, puede ser la decisión de comunicarse y la capacidad de entrar en una conversación relevante.

Cabe reconocer que el individualismo que, se dice, caracteriza a nuestra cultura chilena tiene como una consecuencia la falta de interés y habilidad para comunicarse.

Cada uno se resigna a su soledad con frases como "es mejor estar solo que mal acompañado", "las intenciones ajenas nunca son tan santas". Cientos de no-conversaciones de personas que se reúnen a monologar, con temas irrelevantes que no comprometen.

Pero también los chilenos tenemos una gran nostalgia por el valor de la comunidad y el encuentro. Es en estos valores donde debemos apoyarnos para aprender a comunicarnos mejor y usar bien el tiempo de encuentro.

Comunicarse implica aprender a preguntar mostrando interés por el otro. Clave es aprender a escuchar, sin querer opinar al instante que el otro partió. Para escuchar, la herramienta es preguntar, sin opinar ni aconsejar, por más que la opinión quiera ser constructiva.

Comunicarse implica focalizar temas que permitan compartir un poquito de humanidad: lo que nos importa, lo que nos emociona, lo que nos genera dudas, los errores, los aciertos y descubrimientos. Es mejor "¿En qué has estado y qué ha sido relevante para ti como tema en este último tiempo?", que el neutral e irrelevante "¿Qué tal, cómo va?"... A lo que con justa razón alguien contestó: "Muy bien... ¿o quieres que te cuente?".

Posteado por PuntoMujer el 12:16 PM | Comentarios (2)